(Tensión a la Unidad Suprema)
Toda la gente de un pueblo agricultor se quejaba de que, ese año, no tendrían buenas cosechas porque, según los pronósticos, no iba a llover y habría sequía.
Decían:
-El año pasado fue el mejor de los años. En cambio este año va a ser un completo fracaso.
Pero entre la multitud había uno que, a pesar del descontento de muchos, se sentía feliz. Entonces un periodista se acercó y le preguntó:
-Este año todo el pueblo se queja porque no tendrá buena cosecha. En cambio tú pareces muy diferente, se te ve muy feliz, despreocupado.
El campesino contestó:
-¿Quién soy yo para exigir a Dios? ¿Por qué tendría que quejarme? ¿Qué saco con quejarme?
El periodista dijo:
-Es que ¿acaso no te afecta la preocupación de tus paisanos? Todos dicen que el año pasado fue el mejor año. Y éste, en cambio, es el peor.
El campesino replicó:
-Para mi no hay mejor ni peor. Éste es el mejor de los años. Sí, no hay duda, es el mejor. ¿Por qué interferir a Dios en su trabajo?
No pudiendo entender la postura del campesino, el reportero se retiró de su presencia.
‘Dejar a Dios ser Dios’ es un requisito indispensable para estar asentado, enraizado o unido a la Existencia Total. Pero, entiéndase adecuadamente, Dios, aquí, no es una persona – o un nombre para justificar un tipo de negocio–, sino una hermosa palabra para expresar el conjunto de la Existencia Total.
Así que ‘la única manera de fundirse en la Existencia Total es siendo total’ –como ‘la única forma de unirse con la eterna creatividad es creando’–, es decir, cuando ríes totalmente, por un momento, experimentas la unidad; cuando lloras totalmente, por otro momento, experimentas la unidad; cuando amas totalmente, por algún momento, experimentas la unidad. Es así como lo eterno se hace instante en cada momento, y el instante se hacer eterno a cada momento. Por eso, en esa experiencia de unidad, ya no eres tú, te pierdes, sólo el Todo es. Estás empapado del Todo. Así tu vida es una constante tensión a la unidad; por eso te encanta reír; por eso te fascina llorar, por eso te apasiona hacer el amor, porque no eres ajeno al flujo del río existencial. Ríes totalmente, y se abren las puertas de la eterna alegría; lloras totalmente, y se abren las puertas del descanso eterno; amas totalmente, y se abre las puertas del infinito orgasmo existencial y vital.
El único problema, frente a tan hermosa y profunda realidad experimental, es la mente utópica que inventa proyectos, ideas, moralidades, esquematismos, clasificaciones, competencias, prejuicios de carácter ficticio.
En cambio la Unidad esencial, con el Todo, es un hecho experimental. ¡Ten el coraje de ser un testigo sideral y lo verás!
Khishka
domingo, 28 de febrero de 2010
sábado, 27 de febrero de 2010
PASCUAL
(La autoridad de una ‘experiencia vital’)
Cierto joven, terminado el colegio, salió de su aldea a hacer estudios superiores en una famosa universidad. Estudió la carrera de agronomía en el lapso de cinco años. Todo un ingeniero titulado, volvió a su pueblo y, a la entrada de su terruño, se encontró con un hombre sentado a la orilla. Era un viejo amigo de su padre, cuya característica era su pobreza. El joven ingeniero –sabiendo que era tal– murmuró:
-Definitivamente, Don Pascual, me he dado cuenta que –en estos años de estudio– nos hace falta mucho conocimiento en materia de producción agrícola. En esta zona tan árida podemos producir incluso aquello que sólo se produce en el trópico.
El pobretón preguntó:
-¿Cómo será posible eso?
El especialista contestó:
-Haciendo unas carpas solares, unos invernaderos. Allí podremos producir tomates, sandías, y toda clase de cosas que no producimos normalmente aquí.
El campesino argumentó:
-Es verdad lo que dices, pero es poco respetuoso con la naturaleza. Dios, al crear al ser humano en cualquier lugar de la tierra, ha puesto también lo necesario para su sobrevivencia. ¿Para que forzar la naturaleza?
Ante tal respuesta quedó sin palabras el joven especialista, ya que la afirmación de Don Pascual no era teórica ni académica sino que nacía de una comunión experimental, profunda con la vida y la existencia. Y frente a la autoridad de la experiencia de Pascual, los cinco años de estudio del joven, se desvanecieron por completo.
Si hay algo ausente en nuestra cultura actual es, precisamente, el contacto consciente con la Vida y la Existencia. El pez en el mar no se preocupa por construir una teoría sobre el océano sino, simplemente, fluye en ella. Ese fluir brota de una profunda aceptación de su unidad esencial con el océano. Así pues, en lo que a espiritualidad se refiere, la aceptación es indispensable para fluir en la naturaleza.
Khishka
sábado, 30 de enero de 2010
EL COMPARTIR

(El secreto modo de hacer una convivencia armónica)
Cada ser humano llega a este mundo cargado de un gran tesoro, mejor, repleto de tesoros. Pero más del noventa y nueve por ciento de la gente los echa afuera por la borda o los oculta en el sótano donde termina pudriéndose. La sociedad en la que vivimos ha construido seres humanos estatuas, tallados con algún instrumento, cubiertos con la misma fachada, barnizados con el mismo barniz, medidos con el mismo barómetro, puestos en los mismo envases, programados para los mismos oficios. Por eso George Gurdjieff concluyó: ‘el hombre, tal como es, es una máquina’.
Ahora bien, si el hombre es máquina, tal como es, seguirá haciendo las mismas cosas que ha venido haciendo. El hombre sólo se convierte en hombre cuando se vuelve consciente y, con la consciencia, es decir, ese constante trabajo de asentarse en uno mismo, le hará no-mecánico, impredecible, libre. Cuando eres impredecible, alguien podrá insultarte y aún así podrás reírte, como nunca antes has reído; alguien podrá darte una cachetada y aún así podrás amarlo, como nunca antes has amado; alguien podrá escupirte y aún así podrás sentir agradecimiento hacia él, como nunca antes has sentido. Así podrás caer en la cuenta de que algo nuevo está surgiendo en ti, estás creando consciencia, te estas volviendo consciente. Todo esto supone un profundo trabajo individual.
Antes de hacer cualquier acción tendrás que profundizar en ti mismo, porque actuar significa ir hacia los demás, hacia fuera, hacia el exterior y alejarte de ti. Por tanto, lo primero es lo primero.
Escuché esta anécdota: Una mañana, la esposa de Jorge le dijo a su esposo:
-A noche, mientras dormías, me insultabas, me decías cosas, me maldecías. ¡Ahora te exijo una explicación!
Y Jorge dijo:
-Pero, ¿quién dice que yo estaba dormido? No estaba dormido. Son las cosas que quisiera decir, pero me las aguanto. No tengo valor para decirlas.
Eso es lo que ocurre cuando aguantas muchas cosas porque sabes, exactamente que, al salir demasiado, al proyectarte con demasía hacia fuera, te has convertido en una máquina y, una máquina, no hace sino lo que el piloto quiere que haga. Y es normal cuando tu cuerpo se relaje salga a la luz todo lo que has reprimido durante el día. Pero mientras encajar en los paradigmas de la masa suponga para ti un enorme sacrificio, sepultarte a ti mismo, aún te acostumbres en el oficio, no te convertirás sino en un títere. Ya no serás tú mismo. Y si ya no eres tú mismo, ¿cómo puede surgir de ti algo nuevo? ¿Cómo puede florecer en ti lo divino? ¡Imposible! La multitud es tu titiritero y tú eres su títere. La multitud jala los hilos y tú saltas, lloras, sufres, haces todo tipo de payasadas. Ahora has perdido tu alma propia; ya no eres libre; eres un esclavo; estás extraviado y lo normal será que termines asfixiado o, en su defecto, te suicides.
Proyectarse hacia fuera, actuar con referencia hacia el exterior, salir siempre de ti, son venenos para el alma. Pero caminar hacia dentro, hacia tu templo, hacia tu santuario, es algo muy sagrado, porque cada vez te asientas más, despiertas más, te iluminas más y más. Ya no eres tú. Eres tú el templo. Eres la Existencia.
Cuando tu eres el templo te haces más amoroso y recibes más amor; te haces más pacífico y recibes más paz; ahora puedes dar más porque tendrás mucho para dar; ahora podrás compartir, porque tendrás mucho que compartir. Simplemente comienza a mirar hacia dentro, escudríñalo, profundízalo, saboréalo, y encontrarás tu propio tesoro, ese gran tesoro con lo que has llegado a este mundo. Sólo cuando encuentres tu propio tesoro podrás compartirla, no antes. Pero si haces lo contrario, tu modo de compartir no será sino un disfraz, un acto político, un acto feo.
Me han contado esta anécdota. Una vez, en una aldea judía, se estaba muriendo un hombre místico muy querido.
Toda la aldea estaba preocupada por su muerte. Los médicos habían hecho todo lo posible para salvarlo, pero nada. Todos los intentos fueron vanos.
De modo que la autoridad religiosa reunió a la gente para el último quehacer: rezar. Pero eso tampoco parecía funcionar.
Finalmente el rabino dijo:
-Hermanos: sólo nos queda una cosa por hacer: donar nuestras vidas. Así que donemos algunos días o algunos años de nuestras vidas a este santo y, a nosotros, Dios no nos ayudará a menos que la hagamos.
Entonces alguien dijo:
-¡Yo, ofrezco cinco años!
Otro dijo a su vez:
-¡Yo, dono un año!
Alguno pronunció:
-¡Yo, dono un mes!
Un anciano dijo:
-A mí no me queda mucho, pero donaré un día.
Incluso hubo un avaro que dijo:
-Para mí la vida es riqueza, pero donaré un minuto. Un minuto no me afectará mucho.
Entonces, Martincho que no era judío, que estaba entre la gente se puso de pie y dijo:
-Yo donaré ¡veinte años!
Y todos tornaron su mirada hacia él. Un judío le jaló de su chompa, y dijo:
-¿Qué has dicho Martincho? ¿Estás loco? ¡Veinte años es demasiado! ¡Ni siquiera eres judío!
Y Martincho replicó:
-Pues ¡donaré de la vida de mi mujer! ¿Cuál es el problema? ¡Además me conviene!
Nadie está dispuesto a compartir porque la raíz intencional del ‘compartir’, conocido hasta ahora y exigida por las religiones, es errónea. No está asentado en las raíces profundas de la vida. Su asidero está fuera de la vida, esto es, en la ‘misericordia’, el ‘altruismo’, la ‘propaganda’, el ‘exhibicionismo’, por tanto, en la periferia de lo natural por responder a un mandato. En cada una de las sectas que exigen ‘compartir’ está escondida una determinada ideología, esto es, no son gente que se ha encontrado consigo mismo y con la vida, son gente que está esperando tributo y expansión de su ideología; son gente que está esperando indirectamente tu voto, tu aprobación, tus aplausos; son gente que indirectamente está hurgando tus bolsillos, porque de ese modo se sentirán fortalecidos para proteger la institución a quien representan. Habiendo todas esas cosas tendenciosas su compartir no es más que una farsa.
El verdadero compartir no es un acto político, no tiene nada que ver con el exhibicionismo, la competencia, la comparación o la autopromoción, porque no exige nada. Simplemente da, porque el árbol ha llegado a su madurez y ahora tiene los frutos maduros. Los da sin condiciones, en completa indiferencia; los da porque le ha llegado la hora a través del curso natural de la vida.
Cada ser humano llega a este mundo cargado de un gran tesoro, mejor, repleto de tesoros. Pero más del noventa y nueve por ciento de la gente los echa afuera por la borda o los oculta en el sótano donde termina pudriéndose. La sociedad en la que vivimos ha construido seres humanos estatuas, tallados con algún instrumento, cubiertos con la misma fachada, barnizados con el mismo barniz, medidos con el mismo barómetro, puestos en los mismo envases, programados para los mismos oficios. Por eso George Gurdjieff concluyó: ‘el hombre, tal como es, es una máquina’.
Ahora bien, si el hombre es máquina, tal como es, seguirá haciendo las mismas cosas que ha venido haciendo. El hombre sólo se convierte en hombre cuando se vuelve consciente y, con la consciencia, es decir, ese constante trabajo de asentarse en uno mismo, le hará no-mecánico, impredecible, libre. Cuando eres impredecible, alguien podrá insultarte y aún así podrás reírte, como nunca antes has reído; alguien podrá darte una cachetada y aún así podrás amarlo, como nunca antes has amado; alguien podrá escupirte y aún así podrás sentir agradecimiento hacia él, como nunca antes has sentido. Así podrás caer en la cuenta de que algo nuevo está surgiendo en ti, estás creando consciencia, te estas volviendo consciente. Todo esto supone un profundo trabajo individual.
Antes de hacer cualquier acción tendrás que profundizar en ti mismo, porque actuar significa ir hacia los demás, hacia fuera, hacia el exterior y alejarte de ti. Por tanto, lo primero es lo primero.
Escuché esta anécdota: Una mañana, la esposa de Jorge le dijo a su esposo:
-A noche, mientras dormías, me insultabas, me decías cosas, me maldecías. ¡Ahora te exijo una explicación!
Y Jorge dijo:
-Pero, ¿quién dice que yo estaba dormido? No estaba dormido. Son las cosas que quisiera decir, pero me las aguanto. No tengo valor para decirlas.
Eso es lo que ocurre cuando aguantas muchas cosas porque sabes, exactamente que, al salir demasiado, al proyectarte con demasía hacia fuera, te has convertido en una máquina y, una máquina, no hace sino lo que el piloto quiere que haga. Y es normal cuando tu cuerpo se relaje salga a la luz todo lo que has reprimido durante el día. Pero mientras encajar en los paradigmas de la masa suponga para ti un enorme sacrificio, sepultarte a ti mismo, aún te acostumbres en el oficio, no te convertirás sino en un títere. Ya no serás tú mismo. Y si ya no eres tú mismo, ¿cómo puede surgir de ti algo nuevo? ¿Cómo puede florecer en ti lo divino? ¡Imposible! La multitud es tu titiritero y tú eres su títere. La multitud jala los hilos y tú saltas, lloras, sufres, haces todo tipo de payasadas. Ahora has perdido tu alma propia; ya no eres libre; eres un esclavo; estás extraviado y lo normal será que termines asfixiado o, en su defecto, te suicides.
Proyectarse hacia fuera, actuar con referencia hacia el exterior, salir siempre de ti, son venenos para el alma. Pero caminar hacia dentro, hacia tu templo, hacia tu santuario, es algo muy sagrado, porque cada vez te asientas más, despiertas más, te iluminas más y más. Ya no eres tú. Eres tú el templo. Eres la Existencia.
Cuando tu eres el templo te haces más amoroso y recibes más amor; te haces más pacífico y recibes más paz; ahora puedes dar más porque tendrás mucho para dar; ahora podrás compartir, porque tendrás mucho que compartir. Simplemente comienza a mirar hacia dentro, escudríñalo, profundízalo, saboréalo, y encontrarás tu propio tesoro, ese gran tesoro con lo que has llegado a este mundo. Sólo cuando encuentres tu propio tesoro podrás compartirla, no antes. Pero si haces lo contrario, tu modo de compartir no será sino un disfraz, un acto político, un acto feo.
Me han contado esta anécdota. Una vez, en una aldea judía, se estaba muriendo un hombre místico muy querido.
Toda la aldea estaba preocupada por su muerte. Los médicos habían hecho todo lo posible para salvarlo, pero nada. Todos los intentos fueron vanos.
De modo que la autoridad religiosa reunió a la gente para el último quehacer: rezar. Pero eso tampoco parecía funcionar.
Finalmente el rabino dijo:
-Hermanos: sólo nos queda una cosa por hacer: donar nuestras vidas. Así que donemos algunos días o algunos años de nuestras vidas a este santo y, a nosotros, Dios no nos ayudará a menos que la hagamos.
Entonces alguien dijo:
-¡Yo, ofrezco cinco años!
Otro dijo a su vez:
-¡Yo, dono un año!
Alguno pronunció:
-¡Yo, dono un mes!
Un anciano dijo:
-A mí no me queda mucho, pero donaré un día.
Incluso hubo un avaro que dijo:
-Para mí la vida es riqueza, pero donaré un minuto. Un minuto no me afectará mucho.
Entonces, Martincho que no era judío, que estaba entre la gente se puso de pie y dijo:
-Yo donaré ¡veinte años!
Y todos tornaron su mirada hacia él. Un judío le jaló de su chompa, y dijo:
-¿Qué has dicho Martincho? ¿Estás loco? ¡Veinte años es demasiado! ¡Ni siquiera eres judío!
Y Martincho replicó:
-Pues ¡donaré de la vida de mi mujer! ¿Cuál es el problema? ¡Además me conviene!
Nadie está dispuesto a compartir porque la raíz intencional del ‘compartir’, conocido hasta ahora y exigida por las religiones, es errónea. No está asentado en las raíces profundas de la vida. Su asidero está fuera de la vida, esto es, en la ‘misericordia’, el ‘altruismo’, la ‘propaganda’, el ‘exhibicionismo’, por tanto, en la periferia de lo natural por responder a un mandato. En cada una de las sectas que exigen ‘compartir’ está escondida una determinada ideología, esto es, no son gente que se ha encontrado consigo mismo y con la vida, son gente que está esperando tributo y expansión de su ideología; son gente que está esperando indirectamente tu voto, tu aprobación, tus aplausos; son gente que indirectamente está hurgando tus bolsillos, porque de ese modo se sentirán fortalecidos para proteger la institución a quien representan. Habiendo todas esas cosas tendenciosas su compartir no es más que una farsa.
El verdadero compartir no es un acto político, no tiene nada que ver con el exhibicionismo, la competencia, la comparación o la autopromoción, porque no exige nada. Simplemente da, porque el árbol ha llegado a su madurez y ahora tiene los frutos maduros. Los da sin condiciones, en completa indiferencia; los da porque le ha llegado la hora a través del curso natural de la vida.
Ahora el encuentro es encuentro, ahora la fiesta es fiesta, ahora la comida es sacramento, ahora el darse la mano es oración, es ofrenda, ahora el hecho del ‘estar simple’ con alguien es una profunda celebración, ahora el abrazo es una fusión eterna; ahora el tesoro ha salido a la luz, se ha revelado, está desnudo; ahora es una flor; ahora se ha unido al Todo y se ha convertido en una convivencia armónica, ahora es el aroma de la vasta Existencia. El COMPARTIR, que surge desde el más absoluto egoísmo, es el secreto modo de hacer una convivencia armónica.
Khishka
LA LIBERTAD CREADORA

(Lo básico para crear un ‘hombre nuevo’)
Nasha era una mujer hermosa, muy valiente y muy peligrosa. Una mujer sabia. Era la abuela de un muchacho que, por circunstancias de la vida, fue criado por ella.
Un día, el chaval, quiso ir a jugar. Dijo a su madre, aunque en realidad era su abuela:
-Mamá, quiero ir a jugar.
Ella contestó:
-¿Cuánto de dinero necesitas?
El muchacho no supo decir cuánto y la abuela tuvo que darle cien pesos para que vaya a jugar, diciéndole:
-Ve a jugar donde quieras, pues todo se aprende con la experiencia.
Posteriormente, cuando apenas tenía tan solo once años, el muchacho presentó otra petición:
-Mamá, quiero beber vino.
Ella respondió:
-Adelante, ahí tienes todo el vino que quieras.
Ella misma fue a la despensa, trajo una botella de vino, la destapó y dijo al muchacho:
-Si te falta, la despensa está abierta.
El muchacho –al ver que su abuela siempre iba por delante y no tenía el menor reparo sobre lo que él pedía–, con toda confianza, tomó un vaso, se sirvió y bebió pero, tras el primer sorbo, sintió un rudo desencanto por el sabor del vino que, con gusto, solía beber su abuelo después de cada comida.
Luego, después de unos días, solicitó otra cosa. Dijo a la anciana:
-Mamá, quiero fumar.
Ella –sin imponer resistencia alguna o como si fuera algo tan natural que un muchacho pida– contestó:
-Está bien, pero fuma aquí en casa. Pues si fumas entre la gente, puede que a otros les disguste. Así que fuma aquí, todo lo que quieras. Yo te proporcionaré los cigarros.
Entonces el chaval comenzó a fumar hasta que un día dijo:
-¡Basta! Ya no necesito fumar.
Y, desde ese momento, dejó de fumar para siempre.
Luego como la madre no tenía ninguna afinidad religiosa, no iba los domingos al templo como la gente común lo hacía. Al parecer, solo estaba interesado por el crecimiento de su nieto. Por eso todo lo que ella hacía –en cuestión de religión– era sentarse en silencio a la sombra de la higuera, sola, absolutamente sola. El muchacho, algunas veces, solía acompañarla en ciertas sesiones. Y, con el tiempo, él, también, aprendió a respetar por sí mismo el silencio de la anciana.
En otra ocasión, el muchacho, adquirió una nueva costumbre, la de frecuentar un templo católico los días domingos. Pero solía visitar con una finalidad muy particular: la de robar las piedras preciosas que la gente acostumbraba dejar junto a los candelabros. Las piedras preciosas no eran otra cosa que ofrendas destinadas a formar parte de los tesoros del templo y del que sólo podía disponer el párroco en caso de grandes necesidades. Un día, el cura de la iglesia, le encontró con las manos en la masa; le llevó a la presencia de su abuela para presentar formalmente la denuncia; acusó al muchacho de ‘ladrón de cosas sagradas’; y le pidió un castigo severo. Pero la abuela replicó:
-¿Castigarle? ¡Eso si que no, señor cura! Puedo castigarme a mí, pero no a mi hijo. ¿A cuanto equivalen sus robos? Se lo pagaré. El cura detalló el precio, y ella devolvió en efectivo su equivalente a los tesoros robados. Una vez arreglado el asunto, el funcionario se fue completamente desconcertado.
Pasado unos días, estando en colegio, el vástago escuchó hablar a sus compañeros a cerca de una prostituta famosa que había llegado al pueblo. Él, muerto de curiosidad, preguntó a su madre:
-Mamá, ¿qué es una prostituta?
Ella respondió:
-Prefiero que tú mismo la veas. ¿Cuánto cuesta la entrada para ir a verla? –Interrogó, porque sabía muy bien de qué se trataba–.
El muchacho contestó:
-Cincuenta pesos.
Ella insistió:
-Ve a verla, y puedes volver a la hora que quieres. La puerta estará abierta, pero cuando vuelvas, por favor, asegúrela.
La abuela le dio los cincuenta pesos y el muchacho fue a ver la demostración de la prostituta. En aquella cultura, las prostitutas, acostumbraban a hacer una especie de preparatoria o preámbulo con cantos y bailes, antes de recibir a sus clientes. Llegado la hora, el muchacho se dio cita al lugar y vio que el canto y el baile ofrecido por la mujer eran de una categoría tan baja, y la mujer era tan fea que le dio náuseas. Y vomitó… Luego, no quedando otra alternativa, volvió pronto a casa. Allí, la abuela preguntó:
-¿Por qué has vuelto tan temprano?
El muchacho contestó:
-¡Porque me resultó una presentación nauseabunda!
El niño pedía y la abuela concedía. Esa era la lógica que reinaba en el hogar. La madre siempre estaba dispuesta a darle todo lo que pedía el muchacho, nunca impuso una prohibición; nunca interfirió en su camino; nunca truncó alguna intención; nunca frustró la potencialidad del muchacho que se manifestaba en forma de gustos, peticiones y deseos… Incluso estaba dispuesta a ir con él donde sea, aunque fuera a la cárcel –si fuera necesario–, pues sabía que sólo la experiencia propia podía colaborar al crecimiento del chico y al desarrollo de su potencialidad. Sin duda, la anciana, la Gran Madre, era una mujer de gran intuición.
En ese ambiente de absoluta libertad, en un ambiente sin prohibiciones de ninguna naturaleza, floreció el hombre más bello del universo. Aquel contexto hizo de él un joven capaz de transformar su libertad en una consciencia pura. Y cuando fue haciéndose mayor logró desarrollar una consciencia aguda tal que nada ni nadie, venido del exterior, podía determinarla. Él se convirtió, simplemente, en un espejo que reflejaba el rostro de cualquiera que se le acerque. Es así como se abrió su propio sendero. Luego comenzó a derramar sabiduría, eternidad, celebración y bendición para los suyos.
Por eso, ésta es mi apuesta: no creas ni lo que dicen ni lo que te cuenten los demás; no creas lo que dicen los libros, por adorables que fueran; no creas en nada y a nadie, sino lo que sabes por experiencia propia. Hay una sola forma de saber, esto es, cuando lo experimentas tú mismo. Pero justo ahí es donde los padres se vuelven nauseabundos porque están dando órdenes constantemente. La autoridad siempre provocará náuseas en los seres de inmensa cordura e inteligencia.
Nasha era una mujer hermosa, muy valiente y muy peligrosa. Una mujer sabia. Era la abuela de un muchacho que, por circunstancias de la vida, fue criado por ella.
Un día, el chaval, quiso ir a jugar. Dijo a su madre, aunque en realidad era su abuela:
-Mamá, quiero ir a jugar.
Ella contestó:
-¿Cuánto de dinero necesitas?
El muchacho no supo decir cuánto y la abuela tuvo que darle cien pesos para que vaya a jugar, diciéndole:
-Ve a jugar donde quieras, pues todo se aprende con la experiencia.
Posteriormente, cuando apenas tenía tan solo once años, el muchacho presentó otra petición:
-Mamá, quiero beber vino.
Ella respondió:
-Adelante, ahí tienes todo el vino que quieras.
Ella misma fue a la despensa, trajo una botella de vino, la destapó y dijo al muchacho:
-Si te falta, la despensa está abierta.
El muchacho –al ver que su abuela siempre iba por delante y no tenía el menor reparo sobre lo que él pedía–, con toda confianza, tomó un vaso, se sirvió y bebió pero, tras el primer sorbo, sintió un rudo desencanto por el sabor del vino que, con gusto, solía beber su abuelo después de cada comida.
Luego, después de unos días, solicitó otra cosa. Dijo a la anciana:
-Mamá, quiero fumar.
Ella –sin imponer resistencia alguna o como si fuera algo tan natural que un muchacho pida– contestó:
-Está bien, pero fuma aquí en casa. Pues si fumas entre la gente, puede que a otros les disguste. Así que fuma aquí, todo lo que quieras. Yo te proporcionaré los cigarros.
Entonces el chaval comenzó a fumar hasta que un día dijo:
-¡Basta! Ya no necesito fumar.
Y, desde ese momento, dejó de fumar para siempre.
Luego como la madre no tenía ninguna afinidad religiosa, no iba los domingos al templo como la gente común lo hacía. Al parecer, solo estaba interesado por el crecimiento de su nieto. Por eso todo lo que ella hacía –en cuestión de religión– era sentarse en silencio a la sombra de la higuera, sola, absolutamente sola. El muchacho, algunas veces, solía acompañarla en ciertas sesiones. Y, con el tiempo, él, también, aprendió a respetar por sí mismo el silencio de la anciana.
En otra ocasión, el muchacho, adquirió una nueva costumbre, la de frecuentar un templo católico los días domingos. Pero solía visitar con una finalidad muy particular: la de robar las piedras preciosas que la gente acostumbraba dejar junto a los candelabros. Las piedras preciosas no eran otra cosa que ofrendas destinadas a formar parte de los tesoros del templo y del que sólo podía disponer el párroco en caso de grandes necesidades. Un día, el cura de la iglesia, le encontró con las manos en la masa; le llevó a la presencia de su abuela para presentar formalmente la denuncia; acusó al muchacho de ‘ladrón de cosas sagradas’; y le pidió un castigo severo. Pero la abuela replicó:
-¿Castigarle? ¡Eso si que no, señor cura! Puedo castigarme a mí, pero no a mi hijo. ¿A cuanto equivalen sus robos? Se lo pagaré. El cura detalló el precio, y ella devolvió en efectivo su equivalente a los tesoros robados. Una vez arreglado el asunto, el funcionario se fue completamente desconcertado.
Pasado unos días, estando en colegio, el vástago escuchó hablar a sus compañeros a cerca de una prostituta famosa que había llegado al pueblo. Él, muerto de curiosidad, preguntó a su madre:
-Mamá, ¿qué es una prostituta?
Ella respondió:
-Prefiero que tú mismo la veas. ¿Cuánto cuesta la entrada para ir a verla? –Interrogó, porque sabía muy bien de qué se trataba–.
El muchacho contestó:
-Cincuenta pesos.
Ella insistió:
-Ve a verla, y puedes volver a la hora que quieres. La puerta estará abierta, pero cuando vuelvas, por favor, asegúrela.
La abuela le dio los cincuenta pesos y el muchacho fue a ver la demostración de la prostituta. En aquella cultura, las prostitutas, acostumbraban a hacer una especie de preparatoria o preámbulo con cantos y bailes, antes de recibir a sus clientes. Llegado la hora, el muchacho se dio cita al lugar y vio que el canto y el baile ofrecido por la mujer eran de una categoría tan baja, y la mujer era tan fea que le dio náuseas. Y vomitó… Luego, no quedando otra alternativa, volvió pronto a casa. Allí, la abuela preguntó:
-¿Por qué has vuelto tan temprano?
El muchacho contestó:
-¡Porque me resultó una presentación nauseabunda!
El niño pedía y la abuela concedía. Esa era la lógica que reinaba en el hogar. La madre siempre estaba dispuesta a darle todo lo que pedía el muchacho, nunca impuso una prohibición; nunca interfirió en su camino; nunca truncó alguna intención; nunca frustró la potencialidad del muchacho que se manifestaba en forma de gustos, peticiones y deseos… Incluso estaba dispuesta a ir con él donde sea, aunque fuera a la cárcel –si fuera necesario–, pues sabía que sólo la experiencia propia podía colaborar al crecimiento del chico y al desarrollo de su potencialidad. Sin duda, la anciana, la Gran Madre, era una mujer de gran intuición.
En ese ambiente de absoluta libertad, en un ambiente sin prohibiciones de ninguna naturaleza, floreció el hombre más bello del universo. Aquel contexto hizo de él un joven capaz de transformar su libertad en una consciencia pura. Y cuando fue haciéndose mayor logró desarrollar una consciencia aguda tal que nada ni nadie, venido del exterior, podía determinarla. Él se convirtió, simplemente, en un espejo que reflejaba el rostro de cualquiera que se le acerque. Es así como se abrió su propio sendero. Luego comenzó a derramar sabiduría, eternidad, celebración y bendición para los suyos.
Por eso, ésta es mi apuesta: no creas ni lo que dicen ni lo que te cuenten los demás; no creas lo que dicen los libros, por adorables que fueran; no creas en nada y a nadie, sino lo que sabes por experiencia propia. Hay una sola forma de saber, esto es, cuando lo experimentas tú mismo. Pero justo ahí es donde los padres se vuelven nauseabundos porque están dando órdenes constantemente. La autoridad siempre provocará náuseas en los seres de inmensa cordura e inteligencia.
Todo niño es la reencarnación de Dios. Al niño se le debería respetar por encima de todo, se debería dar la oportunidad de crecer y de ser, no de acuerdo a ti sino de acuerdo a su propio potencial. Nadie debería prohibirle; nadie debería enseñar su propia religión, ni costumbre, ni ideología, ni moral, ni nada que sea suyo. Enseñar al niño todas esas cosas son actitudes irrespetuosas y, al mismo tiempo, irreligiosas. Para el niño se debería tener siempre las puertas abiertas, porque sólo así él podrá implementar su propio modo de ser religioso porque con cada niño que llega a este mundo, llega una nueva religión, un nuevo modo de estar en contacto con el Todo Cósmico. Esto es lo básico para crear un hombre nuevo, un hombre cósmico, universal, total, que aporta dicha, felicidad y alegría a la Existencia Global.
Khishka
miércoles, 13 de enero de 2010
LA SALA DE ESPERA
(Nuestro comportamiento con la vida)

Todos los viajeros de una famosa estación de tren, recibieron un comunicado por los altavoces del edificio. La voz decía:
-Estimados viajeros: el tren Sureño tuvo un percance y no sabemos exactamente a qué hora estará en la estación. Así que estén alertas para cualquier momento.
Pasado unos momentos hubo otro comunicado, esta vez respecto al tren Norteño. La voz decía:
-Estimados viajeros: el tren Norteño está en mantenimiento forzoso y no sabemos exactamente a qué hora estará en la estación central. De todos modos, estén atentos.
Una hora después recibieron también el siguiente anuncio:
-Estimados viajeros: les pedimos mil disculpas, el tren Estrella del Este, no podrá estar a la hora indicada porque sufrió un accidente; los discos de la locomotora están muy gastadas y esa fue la causa de que se desvíe del carril. Así que demoraremos bastante para estar en la estación central. Les avisaremos cuando ya tengamos los repuestos y darles la esperanza de viajar a todos los pasajeros. ¡Tengan paciencia! Estén preparados para cualquier sorpresa.
Poco a poco, tanto los viajeros del Sur, del Norte, como del Este, se aglutinaron en la ‘Sala de espera’. Llegaron de todos los lugares y el recinto se llenó completamente. Ya no había un espacio para más gente y los trenes no aparecían. Los lugares donde se encontraban los servicios básicos de higiene, los puestos de comida, artículos de consumo, de recreación y otros, estaban repletos de gente. Al no haber espacio los viajeros escupían, votaban las cáscaras de fruta donde sea, hacían sus necesidades básicas donde se les ocurría, algunos bebían licores para matar el tiempo, se emborracharon, armaron pleitos, comenzaron a pelear, algunos a robar, otros a violar mujeres, hacían toda clase de cosas que jamás había ocurrido en aquella prestigiosa ‘Sala de Espera’ de la estación ferroviaria. Todo este caos ocurría mientras esperaban el tren.
La gente que seguía llegando a la estación era consciente que, todo cuanto acaecía allí, era sólo un tiempo, unos días, e incluso, sólo unas horas pues, luego, debían marcharse. Era una verdadera multitud reunida esperando viajar a sus destinos. No pasaron muchas horas cuando apareció el primer tren, luego el segundo, después el tercero, y se armó otro alboroto. Los gendarmes decidieron poner orden pero no pudieron lograr. Todos los vagones, de los tres trenes esperados, se llenaron rápidamente. Luego, después de tanto ajetreo, por fin la gran masa de gente que se había reunido en aquella estación no tardó en abandonarla. Pero, como consecuencia de todo, dejó hecho un asco la pobre ‘Sala de Espera’, repleta de basura, con olores nauseabundos, desperdicios, e infinidad de cosas. ¡La ‘Sala’ quedó irreconocible!
Esta metáfora refleja nuestro comportamiento con la vida. Tratamos a la vida como si fuera una residencia provisional. Pareciera que no hay necesidad de limpiarla, embellecerla, volverla más encantadora, más poética, más romántica, más alegre, más rítmica, más artística y, lo único que hemos hecho con ella es, llenarlo de nuestras basuras mentales y ensuciarla.
Hoy más importante que la ‘vida como tal’ es una creencia, a quien hay que defenderlo sacrificando incluso la propia vida; es más importante que la vida una determinada ideología, a quien hay que servirle y vivir siendo esclavo suyo; es más importante que la vida una institución muerta, unas leyes muertas, unas normas de consuelo y dominio, unas políticas muertas que no son más que formas de ser irreligioso.
En la mentalidad actual hay una profunda reverencia por la muerte, por las tumbas, por lo arqueológico, por la violencia, por lo que viene después de la muerte. Es una mente estúpida que está en contra de la vida, como si la vida sirviera únicamente para renunciarla u ocultarla antes que transparentarla y vivirla; sacrificarla por ideas de ultratumba; negarla por la supervivencia de una iglesia o secta. Esto es sin duda una especie de religiosidad centrado en las tumbas, en la muerte, en la no vida, en la irreligiosidad.
La religión, tal como lo hemos conocido, al menos en Occidente, tiene un enfoque erróneo y sus funcionarios siguen insistiendo en creencias, en ideas, en ideologías y demás cosas absurdas. En realidad todas esas cosas son un insulto a la dimensión religiosa del ser humano. Religión es el arte de vivir, es una escalera para descender a las raíces de la vida, es abrir los ojos a la vida, no es dar la espalda. Religión es un encuentro con la vida. Deberíamos escudriñar profundamente las raíces de la vida, deberíamos saborearla momento a momento, deberíamos vivirla instante a instante, deberíamos tener una reverencia única por ella, ya que es la única manera de amarla, disfrutarla y familiarizarse con ella.
Durante cinco milenios hemos preferido más una idea preconcebida de un Dios que está en contra de la vida y a favor de nuestro esquema mental; hemos preferido imitar a individuos muertos, sobre cuyos cadáveres hemos construido nuestras religiones e iglesias; hemos preferido disfrazar la vida con toda clase de máscaras religiosas y políticas para huir de su desnudez; hemos hecho tantas cosas que ahora ya no somos capaces de ver la verdad de la vida. Estamos totalmente condicionados para imponer constantemente nuestra estructura mental, es decir, nuestro capricho sobre el flujo de la vida. Pero esta intención no es más que una soberana ilusión. ¡Qué poco respetuosos hemos sido con la vida!
La vida es un enorme tesoro oculto. Está burbujeando tesoros. Hace falta explorarla en todas sus dimensiones para encontrar el eterno regocijo, la dicha eterna de existir, y el encanto de estar vivos.
He escuchado esta hermosa historia China. Una mañana, antes de que salga el sol, un pescador fue al río. Cerca de la orilla sintió algo debajo de sus pies, y descubrió que era una pequeña bolsa de piedras. Recogió la bolsa y, echando la red a un lado, se hincó en la orilla del río esperando la salida del sol.
Mientras esperaba la llegada del sol, para iniciar su trabajo diario, perezosamente, cogió una a una las piedritas de la bolsa y comenzó a lanzar al flujo del agua. Las piedritas, una a una, caían ‘Plop’ y desaparecía en el fondo de las aguas. Y el pescador se entretenía con el sonido. Al no tener otra cosa que hacer, siguió lanzando las piedras, una por una...
El sol fue saliendo más y más, hasta llegar al lugar donde estaba el pescador. Ya había lanzado casi todas las piedritas, excepto una. Lo tenía en la mano. Cuando vio, a la luz del día, la última piedrita, se enteró que lo que tenía en su haber ¡era nada menos que una piedra preciosa, un diamante! Pero que, en la oscuridad, había arrojado muchas de ellas. ¡Cuánto había perdido sin darse cuenta! Lleno de remordimientos, se maldijo a sí mismo, sollozó, lloró y casi enloqueció de pesar.
Repito: la vida es un enorme tesoro oculto. Tiene tantas cosas bellas, pero las desperdiciamos, las despilfarramos, las perdemos, y la vida se desvanece. Sin embargo, nunca es tarde para dejar de desperdiciarlo. Aún a la tarde de la vida puedes darte cuenta de que, habiéndote llegado la Luz, tienes una hermosa piedra preciosa entre tus manos. Con ese único tesoro, antes oculto, podrás zambullirte en las aguas de la vida y comenzar a vivirla, gustarla y amarla. ¡Ésta es tu única oportunidad! ¡No la desperdicies! ¡Explórala todos sus rincones! ¡Conózcala en todas sus dimensiones!

Todos los viajeros de una famosa estación de tren, recibieron un comunicado por los altavoces del edificio. La voz decía:
-Estimados viajeros: el tren Sureño tuvo un percance y no sabemos exactamente a qué hora estará en la estación. Así que estén alertas para cualquier momento.
Pasado unos momentos hubo otro comunicado, esta vez respecto al tren Norteño. La voz decía:
-Estimados viajeros: el tren Norteño está en mantenimiento forzoso y no sabemos exactamente a qué hora estará en la estación central. De todos modos, estén atentos.
Una hora después recibieron también el siguiente anuncio:
-Estimados viajeros: les pedimos mil disculpas, el tren Estrella del Este, no podrá estar a la hora indicada porque sufrió un accidente; los discos de la locomotora están muy gastadas y esa fue la causa de que se desvíe del carril. Así que demoraremos bastante para estar en la estación central. Les avisaremos cuando ya tengamos los repuestos y darles la esperanza de viajar a todos los pasajeros. ¡Tengan paciencia! Estén preparados para cualquier sorpresa.
Poco a poco, tanto los viajeros del Sur, del Norte, como del Este, se aglutinaron en la ‘Sala de espera’. Llegaron de todos los lugares y el recinto se llenó completamente. Ya no había un espacio para más gente y los trenes no aparecían. Los lugares donde se encontraban los servicios básicos de higiene, los puestos de comida, artículos de consumo, de recreación y otros, estaban repletos de gente. Al no haber espacio los viajeros escupían, votaban las cáscaras de fruta donde sea, hacían sus necesidades básicas donde se les ocurría, algunos bebían licores para matar el tiempo, se emborracharon, armaron pleitos, comenzaron a pelear, algunos a robar, otros a violar mujeres, hacían toda clase de cosas que jamás había ocurrido en aquella prestigiosa ‘Sala de Espera’ de la estación ferroviaria. Todo este caos ocurría mientras esperaban el tren.
La gente que seguía llegando a la estación era consciente que, todo cuanto acaecía allí, era sólo un tiempo, unos días, e incluso, sólo unas horas pues, luego, debían marcharse. Era una verdadera multitud reunida esperando viajar a sus destinos. No pasaron muchas horas cuando apareció el primer tren, luego el segundo, después el tercero, y se armó otro alboroto. Los gendarmes decidieron poner orden pero no pudieron lograr. Todos los vagones, de los tres trenes esperados, se llenaron rápidamente. Luego, después de tanto ajetreo, por fin la gran masa de gente que se había reunido en aquella estación no tardó en abandonarla. Pero, como consecuencia de todo, dejó hecho un asco la pobre ‘Sala de Espera’, repleta de basura, con olores nauseabundos, desperdicios, e infinidad de cosas. ¡La ‘Sala’ quedó irreconocible!
Esta metáfora refleja nuestro comportamiento con la vida. Tratamos a la vida como si fuera una residencia provisional. Pareciera que no hay necesidad de limpiarla, embellecerla, volverla más encantadora, más poética, más romántica, más alegre, más rítmica, más artística y, lo único que hemos hecho con ella es, llenarlo de nuestras basuras mentales y ensuciarla.
Hoy más importante que la ‘vida como tal’ es una creencia, a quien hay que defenderlo sacrificando incluso la propia vida; es más importante que la vida una determinada ideología, a quien hay que servirle y vivir siendo esclavo suyo; es más importante que la vida una institución muerta, unas leyes muertas, unas normas de consuelo y dominio, unas políticas muertas que no son más que formas de ser irreligioso.
En la mentalidad actual hay una profunda reverencia por la muerte, por las tumbas, por lo arqueológico, por la violencia, por lo que viene después de la muerte. Es una mente estúpida que está en contra de la vida, como si la vida sirviera únicamente para renunciarla u ocultarla antes que transparentarla y vivirla; sacrificarla por ideas de ultratumba; negarla por la supervivencia de una iglesia o secta. Esto es sin duda una especie de religiosidad centrado en las tumbas, en la muerte, en la no vida, en la irreligiosidad.
La religión, tal como lo hemos conocido, al menos en Occidente, tiene un enfoque erróneo y sus funcionarios siguen insistiendo en creencias, en ideas, en ideologías y demás cosas absurdas. En realidad todas esas cosas son un insulto a la dimensión religiosa del ser humano. Religión es el arte de vivir, es una escalera para descender a las raíces de la vida, es abrir los ojos a la vida, no es dar la espalda. Religión es un encuentro con la vida. Deberíamos escudriñar profundamente las raíces de la vida, deberíamos saborearla momento a momento, deberíamos vivirla instante a instante, deberíamos tener una reverencia única por ella, ya que es la única manera de amarla, disfrutarla y familiarizarse con ella.
Durante cinco milenios hemos preferido más una idea preconcebida de un Dios que está en contra de la vida y a favor de nuestro esquema mental; hemos preferido imitar a individuos muertos, sobre cuyos cadáveres hemos construido nuestras religiones e iglesias; hemos preferido disfrazar la vida con toda clase de máscaras religiosas y políticas para huir de su desnudez; hemos hecho tantas cosas que ahora ya no somos capaces de ver la verdad de la vida. Estamos totalmente condicionados para imponer constantemente nuestra estructura mental, es decir, nuestro capricho sobre el flujo de la vida. Pero esta intención no es más que una soberana ilusión. ¡Qué poco respetuosos hemos sido con la vida!
La vida es un enorme tesoro oculto. Está burbujeando tesoros. Hace falta explorarla en todas sus dimensiones para encontrar el eterno regocijo, la dicha eterna de existir, y el encanto de estar vivos.
He escuchado esta hermosa historia China. Una mañana, antes de que salga el sol, un pescador fue al río. Cerca de la orilla sintió algo debajo de sus pies, y descubrió que era una pequeña bolsa de piedras. Recogió la bolsa y, echando la red a un lado, se hincó en la orilla del río esperando la salida del sol.
Mientras esperaba la llegada del sol, para iniciar su trabajo diario, perezosamente, cogió una a una las piedritas de la bolsa y comenzó a lanzar al flujo del agua. Las piedritas, una a una, caían ‘Plop’ y desaparecía en el fondo de las aguas. Y el pescador se entretenía con el sonido. Al no tener otra cosa que hacer, siguió lanzando las piedras, una por una...
El sol fue saliendo más y más, hasta llegar al lugar donde estaba el pescador. Ya había lanzado casi todas las piedritas, excepto una. Lo tenía en la mano. Cuando vio, a la luz del día, la última piedrita, se enteró que lo que tenía en su haber ¡era nada menos que una piedra preciosa, un diamante! Pero que, en la oscuridad, había arrojado muchas de ellas. ¡Cuánto había perdido sin darse cuenta! Lleno de remordimientos, se maldijo a sí mismo, sollozó, lloró y casi enloqueció de pesar.
Repito: la vida es un enorme tesoro oculto. Tiene tantas cosas bellas, pero las desperdiciamos, las despilfarramos, las perdemos, y la vida se desvanece. Sin embargo, nunca es tarde para dejar de desperdiciarlo. Aún a la tarde de la vida puedes darte cuenta de que, habiéndote llegado la Luz, tienes una hermosa piedra preciosa entre tus manos. Con ese único tesoro, antes oculto, podrás zambullirte en las aguas de la vida y comenzar a vivirla, gustarla y amarla. ¡Ésta es tu única oportunidad! ¡No la desperdicies! ¡Explórala todos sus rincones! ¡Conózcala en todas sus dimensiones!
Khishka
domingo, 10 de enero de 2010
EL ANCIANO KHISHKA
(Sobre la nada)

Dos muchachos, sabiendo que el anciano tenía la respuesta, le preguntaron:
-Maestro, dinos ¿de dónde surge la vida? ¿Por qué dicen que la vida es un misterio?
Khishka, dijo a uno de ellos:
-Tú, ¿ves aquel árbol?
El muchacho contestó:
-Sí, lo veo.
El anciano continuó:
-Coge uno de sus frutos y traédmelo.
Y dirigiéndose al otro, dijo:
-Y tú, ayúdale a tu amigo.
Los dos muchachos fueron a carrera, se acercaron al árbol del papayo y sustrajeron la que estaba a punto. Acto seguido depositaron en las manos del Maestro. Y, éste, tomó la ‘navaja’ que siempre llevaba consigo y, con ella, partió la fruta en dos. Luego les dijo:
-Ahora, ¿qué ven en ella?
Ambos respondieron:
-¡Muchas semillas!
Luego, el maestro ordenó:
-Tomad, cada uno, una semilla y partidla.
Los chavales, muy obedientes, partieron la semilla como pudieron y, después, escucharon atentamente la intervención del anciano:
-Ahora díganme ¿qué encontraron en ella?
Ellos dijeron:
-Nada.
Y el anciano replicó:
-Como han visto, todo surge de la ‘Nada’. Aquel árbol espléndido del papayo, tan hermoso e imponente que –para tumbarlo, necesitas el auxilio de algún instrumento– nutre a millones de seres y, sin embargo, ha surgido tan sólo de una semilla. Pero cuando partisteis la semilla no encontrasteis nada, ¿verdad? Ese es el misterio de la vida: ¡Todo surge de la nada! Fíjense en esto: un día ese árbol desaparecerá y nadie sabrá dónde se ha ido; no podrán encontrarlo en ningún sitio. Así es nuestra vida: surgimos de la nada, somos la nada, y desaparecemos en la nada. En fin nuestra vida tiene un mensaje indefinible.
Dicho esto los dos muchachos, después de haber aprendido la lección, se alejaron de la presencia del Maestro. Y el Maestro se sentó en silencio debajo de la higuera, juntó sus manos y cerró lo ojos. Un aura de bendición rodeó todo el lugar. ¡Y llovieron flores!
Ante la vida la respuesta es muy importante pero, sobre todo, el silencio es más que importante. La gente común pregunta y se conforma con una respuesta filosófica pero, la vida, no exige nada más que el silencio. Todo este vasto universo ha surgido de la nada y sus notas musicales son el silencio y la alegría. A menos que seas silencioso y alegre, nada y vacío, Dios no podrá visitarte.

Dos muchachos, sabiendo que el anciano tenía la respuesta, le preguntaron:
-Maestro, dinos ¿de dónde surge la vida? ¿Por qué dicen que la vida es un misterio?
Khishka, dijo a uno de ellos:
-Tú, ¿ves aquel árbol?
El muchacho contestó:
-Sí, lo veo.
El anciano continuó:
-Coge uno de sus frutos y traédmelo.
Y dirigiéndose al otro, dijo:
-Y tú, ayúdale a tu amigo.
Los dos muchachos fueron a carrera, se acercaron al árbol del papayo y sustrajeron la que estaba a punto. Acto seguido depositaron en las manos del Maestro. Y, éste, tomó la ‘navaja’ que siempre llevaba consigo y, con ella, partió la fruta en dos. Luego les dijo:
-Ahora, ¿qué ven en ella?
Ambos respondieron:
-¡Muchas semillas!
Luego, el maestro ordenó:
-Tomad, cada uno, una semilla y partidla.
Los chavales, muy obedientes, partieron la semilla como pudieron y, después, escucharon atentamente la intervención del anciano:
-Ahora díganme ¿qué encontraron en ella?
Ellos dijeron:
-Nada.
Y el anciano replicó:
-Como han visto, todo surge de la ‘Nada’. Aquel árbol espléndido del papayo, tan hermoso e imponente que –para tumbarlo, necesitas el auxilio de algún instrumento– nutre a millones de seres y, sin embargo, ha surgido tan sólo de una semilla. Pero cuando partisteis la semilla no encontrasteis nada, ¿verdad? Ese es el misterio de la vida: ¡Todo surge de la nada! Fíjense en esto: un día ese árbol desaparecerá y nadie sabrá dónde se ha ido; no podrán encontrarlo en ningún sitio. Así es nuestra vida: surgimos de la nada, somos la nada, y desaparecemos en la nada. En fin nuestra vida tiene un mensaje indefinible.
Dicho esto los dos muchachos, después de haber aprendido la lección, se alejaron de la presencia del Maestro. Y el Maestro se sentó en silencio debajo de la higuera, juntó sus manos y cerró lo ojos. Un aura de bendición rodeó todo el lugar. ¡Y llovieron flores!
Ante la vida la respuesta es muy importante pero, sobre todo, el silencio es más que importante. La gente común pregunta y se conforma con una respuesta filosófica pero, la vida, no exige nada más que el silencio. Todo este vasto universo ha surgido de la nada y sus notas musicales son el silencio y la alegría. A menos que seas silencioso y alegre, nada y vacío, Dios no podrá visitarte.
Khishka
viernes, 25 de diciembre de 2009
NASHA: LA 'GRAN MADRE'

(Una historia anticotidiana)
En una aldea vivía una mujer muy amada y muy querida. Nasha era su nombre y era esposa de Khishka. Khishka era un HIJO para ella y Nasha era una Madre para él. Por eso, la gente de la aldea, la llamaba: la ‘GRAN MADRE’. Recibió ese nombre tras la muerte de su esposo. Ella inició a muchos discípulos extendidos por toda la región, caracterizada por el silencio de las montañas, la inmensidad de las pampas, el silbido de los vientos, el rugir de las fieras, el imponente cielo azul, el sol resplandeciente, la noche estrellada, y el canto de los ríos.
Uno de sus discípulos vivía en una lejana ciudad y solía visitarle tres veces al año. Era un verdadero devoto pues, hacía grandes sacrificios para estar unos momentos con su Maestra. En su último viaje, a la ‘GRAN MADRE NASHA’, la encontró recostada en su regazo esperando su llegada. Éste, en cuanto llegó, se acercó a ella y, postrándose a sus pies, dijo suplicantemente:
-¡Aquí me tienes, señora mía, para lo que se le ofrezca!
Ella, acariciando la cabeza de su discípulo, dijo:
-¡Hijo mío, ha llegado mi hora! ¡Tú siempre tan guapo y tan amable! Pero, a partir de ahora, ya no tendrás que caminar tanto. Lo has hecho durante veinte años y eres capaz de hacerlo por el resto de tu vida. ¡La prueba fue suficiente! Ahora ya no te será necesario que me veas siempre aquí, yo puedo ir allí donde tú estás. Y desde mañana deja de hacer esto. Abandona todos los sacrificios que hacías para venir a verme. Ahora yo la haré. Antes de que comas, me verás cada día. Te doy mi palabra y conserva éste cayado contigo y, cuando te llegue la hora, dáselo a uno de los tuyos.
El discípulo, en tan absoluto silencio y postrado a los pies de su señora, se llenó de alegría y comprendió su mensaje. Luego tomó el cayado, besó los pies de la MADRE, y dijo con voz suave:
-¡Que se cumpla en mí lo que has dicho, mi Señora!
Dicho esto, se abrió espacio entre la gente y se marchó en absoluto silencio rumiando las palabras de la ‘GRAN MADRE’. Caminó jornadas enteras hasta llegar a su casa.
Al día siguiente, antes de la comida del medio día, alguien tocó la puerta. Fue y se encontró con una anciana que estaba de paso por la aldea y que iba hacia la ciudad. Como era la hora de comer, él, muy amablemente, condujo a la señora hacia el comedor y almorzó con ella. Luego le mostró el camino hacia la capital.
Al otro día, antes del desayuno, mientras regaba el jardín, con una manguera, haciendo caer el agua cual si fuera una lluvia, se presentó una pareja de colibríes, quienes, aprovechando la oportunidad, se mecieron en el agua que suavemente caía. El color de sus plumas resplandecía al juntarse con los rayos del sol. Y el discípulo, muy encantado por la escena, contempló a los colibríes cómo aleteaban, cómo se mecían y cómo posaban en la piedra que se encontraba debajo del limonero. Luego, felices y contentos, las avezuelas, emprendieron un vuelo fugaz y desaparecieron de su presencia.
Al día siguiente, se presentó en la puerta de su casa un perrita callejera, bastante gordita, pues estaba a punto de tener sus crías. Él las acogió, la cuidó, y la perrita, llegado el tiempo, tuvo sus cachorros y se quedó definitivamente a vivir con él. Sus cachorros crecieron y algunos conocidos suyos se llevaron como regalo de las fiestas de fin de año.
Esto y muchas escenas, ocurrido constantemente en la vida cotidiana del discípulo, propiciaron la transformación de aquel hombre en un ser completamente nuevo. La llama de fuego que había comenzado a arder en el lecho de la ‘GRAN MADRE’ creció y creció, y se encaminó hacia la suprema iluminación de aquel discípulo amado por la gran mujer.
Con el tiempo fue comprendiendo el último mensaje pronunciado por su ‘GRAN MADRE’ y ‘MAESTRA’. Ahondó en silencio absoluto, en alegría suma, en éxtasis total, en el estado de la suprema libertad, cada una de las palabras de su ‘MAESTRA’ y, cuando llegó el tiempo, alcanzó la transformación total. Así las palabras de la ‘GRAN MADRE’ se cumplieron y la vida del discípulo se convirtió en éxtasis, alegría y bendición para los suyos.
Ser madre es una de las mayores responsabilidades que un ser humano puede tomar. Pero ser madre está reservado a la mujer, no a la mujer que intenta ser varón sino a la mujer completa. Ser madre es un nuevo nacimiento y, como tal, es muy arriesgado. La madre esa creadora de un ser humano, esa creadora de un Jesús, de un Buda, de un Zaratustra, de un Sócrates, de un Khishna… ¡La mayor de las creaciones está en las manos de LA MADRE! La Existencia, la Naturaleza, Dios, pusieron su confianza en ella para que, por ella, la humanidad entera se ilumine.
Toda madre completa asume la tarea de crear un gran ser humano. Desde el momento en que el huésped llega a su seno la toma con alegría, comienza a tallar una vida, empieza a proteger un tesoro para la humanidad que, llegado el tiempo, podrá dar fruto abundante. Toda madre completa está creando algo inmensamente valioso para la Existencia. Toda la Existencia le ha elegido por Madre, por eso, Madre, es una palabra sagrada.
La maternidad es algo existencial y, por eso, ser madre, es el mayor arte que existe en el mundo. Ser madre, como arte, está más allá de todo arte porque está creando un ser humano nuevo. Éste arte supremo ha sido confiado a la gran pareja humana: la ‘GRAN MADRE’ y el ‘GRAN MAESTRO’. Por eso, el Gran Maestro o la Gran Madre, puede ser maternal con cualquiera, incondicionalmente. Tú también puedes ser maternal incondicionalmente con un animalito, puedes ser maternal con un árbol, puedes ser maternal con cualquier cosa. Ser maternal es un detalle con la cual has llegado a este mundo. Ser maternal significa que eres capaz de amar incondicionalmente, de amar a alguien por puro gozo de amar; de ayudar a alguien por puro gozo de ver a alguien crecer. Un terapeuta auténtico es ser una Madre. Un Maestro es un terapeuta auténtico, su mera presencia es terapéutica. Jesús es el fruto de la ‘Gran Madre’, María; y del ‘Gran Maestro’ José. La fusión de ambos desembocó en la venida de un Maestro como Jesús, cuyo nacimiento recordamos hoy. Los títulos dados a Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios, el Salvador, el Redentor, responden a la admiración, al asombro, al respeto, a la reverencia, provocada por un ser humano de la calidad de un Buda o un Cristo.
¡Éste es el día! ¡Esto es Navidad! Navidad es un fenómeno acaecido en el seno de la Madre Existencia. Aquella Suma Maternidad Existencial que protege, cuida, ampara por todas partes, por todos los lados, en todas las dimensiones, como una Madre, al hijo de sus entrañas. Madre es sinónimo de Dios. Dios es sinónimo de Madre. Madre es sinónimo de Vida. Vida es sinónimo de Madre. Madre es sinónimo de Existencia. Existencia es sinónimo de Madre. ¡Esto es motivo de alegría y fiesta! ¡Feliz Navidad!
Khishka
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