lunes, 23 de febrero de 2009

CATADOR DE VINOS

(El olvidado sentido del olfato)

En un pueblo vinícola hubo un anciano conocido como el mejor catador de vinos, luego de haber participado en grandes concursos internacionales y mundiales. En los últimos años de su vida acostumbró ganar torneo tras torneo: una primera vez, segunda, tercera, cuarta, quinta… y así sucesivamente. Esta vez también, como todos los años, hubo una convocatoria para todos los catadores del mundo. Él, como de costumbre, se apuntó para participar del certamen junto a otros.

El anfitrión viendo que el anciano famoso, el mejor de los catadores que había ganado el último y los anteriores torneos, figuraba también en la lista de los competidores, decidió hacerle una jugada pesada, pues si él participaba el certamen, de ante mano, el torneo ya tenía un ganador. Por eso ordenó a sus empleados que prepasen los vinos y sus respectivas mesas, muy sigilosamente. Entre ellos estaba también la mesa que correspondía al famoso anciano, destacadamente puesta por ser el último ganador, aunque él figuraba entre los últimos competidores de la lista. En esa mesa reservada para él, entre los vasos servidos de vino, estaba también uno que contenía el orín de la esposa del amigo del anfitrión.

El certamen se dio por inaugurado y los competidores, uno por uno, fueron examinados, por el jurado especialista en la materia, muy sigilosamente. Cada cual debía adivinar, olfateando y catando, a qué marca y nacionalidad correspondía, cuántos años de maceración tenía, si los tiempos de lluvia han sido favorables ese año, etc. Cada especialista se ocupaba de su mesa y el mejor debía ser premiado. Comenzaron uno por uno y, por fin, le tocó el turno al anciano.

El anfitrión estaba tan a la expectativa para ver qué sucedía y cómo reaccionaba el famoso catador de vinos. Y, como es debido, el anciano probó del uno y del otro… y, al fin, llegó al mismísimo vaso de la trampa que contenía orín. El viejo, como hizo con todos los vasos, primero, la tomó en su mano, luego la olfateó detenidamente, una y otra vez, y exclamó:

-¡Oooh…! Y complementó: ¡Es de pantymedia! ¡Cabellos rubios! ¡Ojos angelicales! ¡Pero no es de mi pueblo!

El anfitrión estuvo completamente sorprendido por la respuesta y de cómo había dicho exactamente de quién se trataba, a quién pertenecía el orín del vaso.

Entre tanto, el anciano, continuó con los demás vasos hasta concluir la partida. Así, como no podía ser de otro modo, una vez más, fue condecorado con el máximo premio del certamen.

Los humanos tenemos cinco y un sexto sentido. Deberíamos desarrollarlos todos pero, dada las circunstancias culturales, han sido postergados. Los cinco y un sentidos que tenemos no son lo que deberían ser. Han sido entrenados conforme a otros fines desligados de la naturaleza. Hueles sólo aquello que tu sociedad y tu cultura te ha permitido que huelas. El hombre ha perdido muchos de sus sentidos, con ello su sensibilidad.

El sentido del olfato, por ejemplo, es uno que se ha perdido. ¿Qué le ha pasado a su nariz? Está psicológicamente bloqueada. El olfato ha sido enterrado debido a la represión sexual porque él es la puerta más sexual del cuerpo humano. Fíjense lo que está escrita en la naturaleza vislumbrado por los animales: es a través del olfato como los animales sienten inicialmente si un macho sintoniza o no con una hembra. El olor es una indicación sutil y muy connatural. El hombre es tan sensible como los animales pero el constante entreno y ejercicio en represiones ha mutilado su sensibilidad.

Por suerte hay individuos, como éste catador de vinos, que no se han dejado infectar por su sociedad y su cultura y ahora es capaz de captar los olores de todas las mujeres de su pueblo pues, con solo olfatear su orín, puede descifrar que si ella es de su aldea o no. Personas como éste nos recuerdan que estamos tan ligados a la naturaleza y cuál de nuestros seis sentidos ha sido más reprimido. Hemos desarrollado bastante en lo que se refiere a la ciencia objetiva pero el trabajo subjetivo ha sido bloqueado psicológicamente. Es tiempo de tomar consciencia de ello para explorarlo, desarrollarlo, ser completos y dejar de ser fragmentos.
Khishka
Testigo ambulante

EL HOMBRE DE NEGOCIOS

(Una metáfora del hombre judío)

El judío, a nivel mundial, es conocido como un hombre de negocios y es verdad. Su negocio se ha globalizado: ha creado un ‘Dios’, una ‘creencia’, unos intermediarios organizados jerárquicamente, lugares turísticos en torno a ciertas individualidades paradigmáticas, etc. Esa característica judía ha contagiado a otras culturas y, posiblemente, en algún lugar, tuvieron contacto con los ‘aymaras’ de nuestra Sud América o éstos tienen una raíz judía. ‘Una de dos’. Los ‘aymaras’ (una cultura andina), en Bolivia, son una especie de judíos, porque es muy raro ver a un ‘aymara’ sin algún negocio en particular. El ‘aymara’ es próspero gracias al negocio.

Los judíos han escrito que ‘Dios ha creado al ser humano a su imagen y semejanza’ lo que es evidente que sea así, según la mente judía, pues sólo así el negocio sería próspero. No de otro modo. Pero en realidad sucede exactamente lo contrario, es decir, ‘el hombre judío es quien ha creado a Dios y lo ha creado según su imagen y semejanza’.

Ahora bien si el judío ha creado a Dios, según su imagen y semejanza y que su particularidad es ser un hombre de negocios, su Dios también será un Dios de negocios o un artículo de compra y venta, quizá el producto más cotizado en el mercado mundial. El ‘Dios judío’ es la proyección más alta y eficaz del artificio mercantil del hombre judío. Y, como es evidente, para hacer negocios necesitas al menos dos cualidades: ser ‘celoso’ y ‘clemente’ al mismo tiempo. El ‘celo’ se necesita para ser competente con otros dioses y la ‘clemencia’ para con los de su partido, aunque éstos sean pobres, pues siendo populosos, de antemano, con sus votos, aseguran la perpetuación del negocio a cambio de un miserable consuelo.

Al mismo tiempo, son los pobres los que generan más plata para el rico, debido a sus préstamos, a los intereses que tienen que pagar, etc. porque en todo el mundo son más del setenta por ciento de la humanidad. Ellos son los que se sacan la ‘mugre’ por los grandes. Sin embargo como ‘paga’, los pobres, por la clemencia de su Dios, reciben consuelo y como respuesta le tributan amor; y como su Dios es celoso, tienen que tributarle también su temor. Entonces se entiende que su Dios es ante todo un ‘Dios de amor y justicia’ para su pueblo elegido. Todo ello, visto desde el punto de vista judío, es absolutamente correcto.

He escuchado la siguiente anécdota: en el principio, a pocos años de haber creado el mundo, Dios, vio que también era bueno crear unas normas que regulen la vida de los hombres. Es así como creó los diez mandamientos. Una vez preparado recorrió por todo el mundo ofreciendo su producto sin poder vender a nadie. Le quedaba, por recorrer, los últimos tres sectores de la humanidad. Entonces se acercó a los mahometanos y les dijo:

-¿Os gustaría tener diez mandamientos?

Ellos preguntaron:

- Podría decirnos ¿cuál es el primero?

Dios respondió:

- El primero es: ‘No cometerás adulterio’

Los mahometanos deliberaron entre ellos y dijeron:

- Dios, tu producto está bueno pero será difícil que adquiramos. Nuestra vida perdería su belleza. Según nuestra costumbre se necesitan al menos cuatro esposas. Tú llamas ‘adulterio’ pero es todo lo que la vida tiene para darnos y es todo lo que un mahometano virtuoso puede recibir. No, no nos conviene, lo sentimos. ¿Quién conoce el otro mundo? Esta vida es todo lo que tenemos, además tú nos has dado para que la gocemos. ¿No es así?

Dios se fue triste y un poco más allá se encontró con los hindúes. Les preguntó:

-¿Os gustaría tener diez mandamientos?

Ellos contestaron con otra pregunta:

-¿Nos podrías dar una muestra de uno de ellos?

-Por su puesto –dijo Dios–: ‘No matarás’:

Los hindúes replicaron, después de haber deliberado unos con otros:

-Lo sentimos Dios. Será muy difícil. Tú sabes que la vida es muy compleja, implica competencia. La competencia implica matar al contrario; todo aquel que nace tiene que morir, es parte del juego de la vida. Por tanto, sin combate y sin competencia, la vida sería aburrida, demasiado rutinario, lineal y plano, perdería su encanto. Así que no la queremos tus diez mandamientos.

Dios se puso aún más triste pero siguió dando vueltas y vueltas. Al fin se encontró con el último grupo pero sintió miedo, pues si éste último le negaba ya no le quedaba nadie. Había recorrido todo el mundo y no había encontrado a nadie, pues en tan poco tiempo todos habían logrado tener su propia normativa. Con esos previos se acercó a los judíos, cuyo representante fue Moisés, y le preguntó:

-¿Os gustaría tener diez mandamientos?

Moisés, como buen judío, sin pedir ninguna muestra, averiguó:

-¿Cuánto cuestan?

Dios respondió:

-Nada.

Y Moisés declaró:

-¡Entonces déme los diez! Si no cuestan nada, no habrá problemas.

Así es como nacieron los ‘Diez mandamientos’.

Un hombre de negocios siempre pregunta por el precio. ¿Cuál es el precio de tu cielo? ¿Cuánto hay que pagar para llegar a ser un Cristo o un Buda? ¿Cómo puedo obtener ese título? ¿A qué universidad tengo que ir? ¿Qué virtudes hay que tener para ganar el Paraíso? ¿Se puede pagar en dólares o en Euros, o alguna otra moneda? Siempre pregunta por el precio. Moisés es un perfecto hombre de negocios, un perfecto judío, por eso pregunta: ¿cuánto cuestan tus diez mandamientos?

Dice el poeta: ‘el mundo es un mercado donde se compra honores, voluntades y consciencias’, y es verdad. El modo del ‘ser judío’ ha inspirado la creación de las transnacionales, los grandes organismos de mercado libre, los bancos, iglesias, santuarios, mezquitas, gurutwaras, etc. Todos ellos son agencias del aparato mercantil judío. Por tanto la peculiaridad del judío está bien metido en los tuétanos de la estructura de nuestra sociedad, especialmente, Occidental. Evidentemente todos los ministros de cada una de estas entidades, sean políticas o erróneamente llamadas religiosas, son hombres de negocios: los economistas son hombres de negocios, los políticos son hombres de negocios, los sacerdotes son hombres de negocios, el Papa es el superhombre de negocios.

Me han contado lo siguiente:

Resulta que en Italia hubo una crisis y el sector de la avicultura estaba arruinándose. Así que un día fue el representante de las granjas de pollos a ver al Papa. Le propuso lo siguiente:

-Mire, Señor Papa, estamos dispuestos a hacer un donativo a la iglesia de un millón de dólares si cambia la Biblia donde dice: ‘el pan nuestro de cada día’ por ‘el pollo nuestro de cada día’.

-No –dijo el Papa–.

-Bueno diez millones –insistió el representante–.

-Tampoco –reiteró el Papa–.

-Cien millones.

Se puso pensativo el Papa y dijo:

-Hum… es que comprenda que no podemos manipular la Palabra de Dios…

El otro propuso aún con más insistencia:

-Mil millones.

- De acuerdo –suspiró el Papa–.

Un par de días después, el Papa se reunió con el Consejo General del Vaticano y les dijo:

-Estimados miembros del Consejo: les tengo una noticia buena y otra mala. La buena es que hemos ganado mil millones de dólares. La mala es que hemos perdido nuestro contrato con los panaderos.

Es así como funciona la mente judía, la mente de negocios. El judío es muy diestro y astuto, ya que incluso sus escrituras sagradas están hábilmente elaboradas para sacar provecho máximo de su propio e innato inconciente colectivo. Así que, si estás frente a un judío o frente a quien ha heredado esa mente mercantil, no te extrañes: muéstrale unos billetes y verás como baila el mono.

Fíjate bien lo que ha ocurrido en torno a Jesús: su nacimiento, vida y muerte, por extraordinaria u ordinaria que parezca, ha sido la clave para expandir su política mercantil a lo largo y ancho del mundo; su pueblo natal y su patria ha sido convertido en ‘Tierra Santa’; sus predecesores patriarcales (que aparecen en la ‘Biblia’) han sido utilizados para sustentar la teoría de que él es el ‘Unigénito de Dios’; y como respuesta a este pretexto paradigmático, ahora, acuden peregrinos de toda laya, de las cuatro latitudes del mundo quienes, inconscientemente, colaboran fuertemente al ingreso económico de los judíos. ‘Tierra Santa’ se ha vuelto en un verdadero foco de infección, en cuanto a negocios se refiere, capaz de convocar turistas cristianos, mahometanos, judíos e incluso ateos de todo el mundo.

Asimismo con el nacimiento, vida y muerte de Jesús, todos sus escritos poéticos, anécdotas, lugares, sueños, instrucciones, dichos, parábolas, cuentos, historias, mitos, alegorías, metáforas etc. en fin todo su patrimonio cultural, escriturístico e histórico, judíos, ha sido declarado como ‘Escritura Sagrada’ y, por eso, la Biblia se ha convertido en un verdadero ‘Best Seller’ en todo el mundo. ‘Tierra Santa’, hoy, sigue atrayendo millones y millones no solo de peregrinos sino sobre todo de ‘turistas inconscientes’ que no han caído en la cuenta de que toda la tierra es sagrada por sí misma y no hay un lugar, en el mundo, que sea preferencialmente sagrado más que otros.

Los mahometanos han hecho otro tanto. Para asegurar su negocio redondo han impuesto a su gente una norma de que todo aquel que se confiesa musulmán, por lo menos una vez en su vida, tienen que visitar la Meca o, más concretamente, besar la piedra. Esa piedra ya debe estar bien moreteada de tanto picoteo. En eso son un poco más moderados los cristianos, ya que no hay una norma que dictamine la visita a ‘Tierra Santa’.

Mucha gente ha aprendido esa política mercantil y, por eso, en los últimos tiempos se han declarado a muchos lugares, a nivel mundial, como la primera, o segunda, o tercera maravilla, ya sea natural o artificial. El turismo se ha proliferado por todas las latitudes, se han multiplicado los centros de negocios, se han triplicado las empresas multinacionales, se han abierto mercados transnacionales, etc. Todo ello a creado en la mente actual un inconsciente colectivo que incluso en el lecho de su muerte, un hombre, está preocupado por el negocio. A propósito, estuve leyendo una anécdota:

Un judío en su lecho de muerte susurraba:

-María… María… ¿Dónde estás esposa querida?

Ella contesta:

-Aquí estoy esposo querido… al lado tuyo.

Él pregunta:

-Y mi hijo Jacob ¿dónde está?

El hijo contesta.

-Aquí estoy, al lado tuyo.

El viejo continúa:

-Y mi hija Leila… ¿Dónde está?

La hija contesta:

-Aquí estoy… al lado tuyo

Y sigue el judío:

-Y mi hijo Isaías ¿dónde está?

El hijo contesta:

-Aquí estoy padre… al lado tuyo.

Y el viejo preguntó enfadado:

-Pero bueno… ¿Quién diablos está atendiendo el negocio?

La mente judía es una mente poseída por el negocio, por el dinero, por la astucia y por la competencia. Él está completamente saturado, es decir, no hay espacio para relajarse o descansar y, sin embargo, es próspera. Ese es el tipo de gente que ha fabricado inconscientemente objetos, hipótesis, ideas sobre Dios, cielos e infiernos, otros mundos, ritos, costumbres, tradiciones, doctrinas, dogmas, catecismos, credos, fes, etc. para esclavizar a la gente y someter a su inconsciente mercantilista.

Son contados los hombres que no se han dedicado a ese trabajo, por ejemplo: un Jesús, un Buda, un Krishna, un Zaratustra… Ellos son las únicas lumbreras que se han salido de la dinámica del mercado judío pero, paralelamente, en torno a estas individualidades, los ‘hombres de negocios’, han creado su propio negocio y es así como han dado nacimiento al montón de religiones y sectas, cada cual, con su propio puesto de venta para asegurar su subsistencia. El negocio se ha vuelto una forma fácil de vivir. De ello inferimos que el cristianismo, por ejemplo, es una especie de globalización de la cultura judía.
Así que si un político, economista, sacerdote, Papa, religioso, derviche, gurú, pastor, rabino, obispo o cualquier pseudo de esos, en todo caso, alguien que tiene que ver con iglesias, mezquitas, gurutwaras, y bancos…, que diga que no es judío, no es sincero porque lo es y, más exactamente, es un funcionario de la cultura judía.
Khishka
Testigo ambulante

CIELO E INFIERNO

(Un derecho de todos)

Alberto llevó al mercado a su hijo pequeño para hacerle conocer uno de los animales vivaces para imitar a los humanos, el mono. Llegaron al mercado de animales y allí vieron todos los monos que había. El niño se quedó impactado de haber visto tantos monos. Viendo que uno de los mercaderes tenía en su hombro un pequeño monito, dijo a su padre:

-¿Papito, me lo compras ese monito?

Alberto no había previsto tal petición de su hijo. Por tanto se hizo a los oídos sordos e intentó esquivar la idea. El niño viendo esa situación insistió de nuevo:

-¿Papito, me lo compras ese monito?

El padre, viendo que el niño estaba muy interesado, preguntó por el precio. Dijo al mercader:

-¿Cuánto pide por ese monito?

-Doscientos cincuenta dólares, ni más ni menos, -dijo el vendedor-. El padre, al ver que pedía bastante elevado el precio del monito, intentó distraer con otras cosas al niño. El vástago se dio cuenta de la situación y con los ojos llorones, nuevamente, imploró a su padre:

-¿Papito, me lo compras ese monito?

Alberto al ver los ojos llorosos del niño accedió a la petición porque éste había amenazado con quedarse con los monos si él (su padre) no le comprase. Por eso interrogó al mercader:

-¿Por qué tiene tan elevado el precio de ese mono?

El negociante dijo:

-Es que este monito tiene una habilidad impresionante para imitar a las personas, es un imitador perfecto, es el único. Los otros no son tan buenos como éste. Éste lo hace a la perfección. Y como lo hace a la perfección, conviene también que tenga un buen precio. Además para un hijo como el suyo le ha de caer muy bien si es que él lo atiende con dedicación. Es de una especie de mono muy fantástica, no se va a arrepentir.

Con todas las explicaciones el padre de familia quedó convencido y pagó los doscientos cincuenta dólares y se llevaron consigo.

El niño se sintió muy complacido por su padre y, estando en casa, no se resistió a hacerle unas cuantas pruebas. El pequeño había constatado cada momento que pasaba, cómo el monito le imitaba a la perfección.

En la casa tenía una mesa redonda justo en la terraza. Allí siempre solían estar las frutas y entre ellos, algunos plátanos. Llegó allí y a la vista del mono se sirvió con gusto una banana. Luego se hizo a un lado y el monito, enseguida, se dio cita al lugar e hizo la misma operación. El mono extáticamente disfrutó del plátano. Un aura de placer orgásmico rodeaba su entorno. Denotaba una complacencia única al imitar al niño. Su éxtasis le hizo escalar el cielo mismo, aunque fuera sólo por unos momentos.

Viendo esa perfecta imitación y complacencia del monito, el chico se fue al batán donde, su madre, suele moler ají. Y casualmente, encima del batán, estaba preparado el ají para el almuerzo. Encima del batán, a un costado, había un platillo con un poco de agua y, viendo que el día era bastante caluroso, se remojó toda la cara y llevándose consigo se retiró del lugar para observar la reacción del animal.

El animalito, cabalmente se dio cita al batán, tomó el ají y, una y otra vez, se frotó la cara y comenzó a gritar y a brincar porque, su cara, había empezado a arder con demasía. Trepó por los árboles del jardín, se metió en la cocina, en los cuartos, tumbó los vasos, los utensilios, las ollas y todo lo que encontraba a su paso. Hizo todo un escándalo durante un cuarto de hora. Toda la familia se fue tras el mono para poder detener lo que hacía pero nadie pudo con él. La casa en pocos minutos se convirtió en un verdadero infierno, un desbarajuste, un caos total. Sólo se podía espectar y escuchar el griterío enloquecido del mono. Bastó un ají molido para que el animal experimente en carne propia, lo que es un infierno.

Es así como el monito experimentó, en carne propia, el cielo y el infierno que no ha sido sino una jugada de su propio amo.

El cielo y el infierno no son lugares geográficos. No es cuestión de premios a recibir ni castigos a padecer. Por eso si la buscas nunca la encontrarás porque no están en ninguna parte. Son, más bien, creaciones nuestras, fruto de nuestra ‘psiquis’. Por tanto es cuestión del ‘aquí’ y del ‘ahora’. En éste momento alguien está en el cielo y otro alguien está en el infierno. El cielo y el infierno pertenecen a nuestro ámbito psicológico. Tienes la capacidad de hacer que la vida de otros sea un infierno como también tienes la posibilidad de hacer, de tu propia vida, un verdadero infierno. Es tu derecho. Lo mismo sucede con el cielo. Tú tienes las cualidades exactas para hacer de la vida de otros un cielo; asimismo eres capaz de hacer, de tu vida, un verdadero cielo. Es también tu derecho. El cielo y el infierno dependen de ti, de tu psicología.

Dos acérrimos enemigos entraron en un templo para rezar. Uno era de izquierda y el otro de derecha. El de izquierda decía: Dios ese hermano que me has dado vive de explotar a la gente, es un corrupto; impone trabajos con el pretexto del desarrollo del pueblo; cuando hay ayuda del gobierno la mayoría de los productos y el dinero mismo los desvía a sus propios provechos y para disimular hace algunos trabajitos, reuniones, cursillos, conferencias, recoge muchas firmas y, con ellos, justifica los gastos y cómo han sido ocupados la ayuda que recibe en nombre del pueblo. Menos mal tú eres justo Dios. Ahora te imploro que tu justicia pese sobre él y sus obras. Dale su merecido, conforme a tu promesa; mándale al infierno y al suplicio para que aprenda lo que significa explotar a la gente y que el diablo haga sopa con sus huesos. Ya está bueno que viva de la gente tanto tiempo. Mejor sería si se muriera antes de empañarse más, porque es la enfermedad de éste pueblo católico. ¡Es una vergüenza!

En cambio nosotros los pobres ya hemos sufrido demasiado y no hemos hecho daño a nadie, no hemos robado, no hemos explotado… Estamos esperando el cielo que nos tienes prometido.

El de derecha decía también: Dios, tu siempre has estado conmigo, has velado mis intereses, pero ese tipo que te está rezando es un verdadero envidioso porque él es un flojo, no trabaja, siempre está protestando, es un observador, es una piedra de tropiezo en mi camino. Él sabe muy bien que no es bueno odiar, envidiar, hablar mal de otros, buscar que otros fracasen… En fin tú sabes todo lo que hace en mi contra para hacerme quedar mal ante la gente. Sería bueno que le castigues con el mayor de los sufrimientos posibles porque se lo merece. Me ha hecho demasiado daño. Tú sabes que todo lo que hice los hice pidiéndote permiso y soy un perfecto cristiano: he cumplido con la limosna, he participado de la misa los domingos, he hecho actividades pastorales, he enseñado a mucha gente a rezar y gracias a mí muchos se han convertido. No es poco lo que he hecho. En todo ese trabajo siempre me has asistido. Ahora puedo decir que soy tu hijo, me lo merezco el cielo que has prometido a mis padres. Cuando muera llévame contigo, pero a ese enemigo mío, por su odio y rencor en contra de tu consentido, mándale al suplicio eterno.

El cielo y el infierno se han vuelto en un ‘hazme reír’ para la gente madura y consciente. Es una proyección enfermiza y psicótica, desmedidamente antropomórfica. Es una proyección de aquel que odia a alguien y desea para su enemigo el peor de los castigos posibles y, al considerarse él bueno, se proyecta para sí una felicidad eterna en el cielo. Entonces, cada cual, fabrica su propio cielo eterno y crea un infierno sin fin para su contrario. Es así como se empieza a entender que los funcionarios de las religiones organizadas han creado el cielo para los suyos y el infierno para aquellos que no son de su partido, en base a ciertas escrituras. Sin embargo estas proyecciones son mentales, es decir, es una extensión de la mente humana: el cielo está fuera y el infierno también. Dios está fuera y el diablo también. Pero hay una cosa que se ha quedado en el anonimato: el camino a la verdadera casa. Y si esto has olvidado y te has proyectado mucho hacia fuera quiere decir que no has dado el primer paso hacia ser un auténtico religioso.

El ser humano tiene las potencialidades de elevarse lo más alto posible, esto es, alcanzar su divinidad o llegar a ser un Cristo o un Buda. Pero también tiene las posibilidades de caer lo más bajo posible, incluso por debajo de la animalidad. De ello se infiere que el diablo es el ser humano caído por debajo de la animalidad y Dios es el ser humano elevado por encima de la racionalidad.

El cielo y el infierno son productos de tu psicología. En éste preciso momento si quieres puedes ir al infierno o al cielo. Es tu derecho. Siempre que actúes sin la luz de la consciencia, inconscientemente, puedes caer en las profundidades del infierno; siempre que actúes con la luz de tu consciencia, conscientemente, puede escalar las eternidades del cielo. Sin embargo no se puede estar eternamente en el infierno pero puedes estar eternamente en el cielo. Tu vida es un flujo constante, es líquido, a veces va al cielo y a veces al infierno. ¿Cómo trascender esa vacilación? Los extremos tienen que ser trascendidos para alcanzar el estado celestial, la beatitud permanente. Este estado solo aparecerá si dejas de vacilar y oscilar entre el cielo y el infierno. Tendrás que volverte como un niño total y veraz. Aunque seas un pecador, sé veraz y total; aunque seas un santo, sé veraz y total. Ese es el requisito primordial.

Ser total y veraz es el requisito para la beatitud permanente. Cuando te enfadas, enfádate totalmente, sin medir consecuencias. No te engañes. No seas falso. Cuando entres al infierno, entra del todo, súfrelo y solo así podrás atravesarlo. Si en el infierno hay dolor, el dolor te dará madurez.

Si amas, ama totalmente; si odias odia totalmente, no seas un fragmento, sufre las consecuencias. Sé completo en todo lo que hagas. En realidad nunca te has enfadado totalmente, nunca has odiado completamente y, de ese modo, te has perdido el cielo. Debido a tus maquillajes constantes el cielo se escapó de tus manos. Tienes que atravesar el infierno para tocar el cielo. Deja de ser indeciso, tibio, un absurdo derroque, y empieza a actuar totalmente. Resucitarás. Serás un hombre libre, un Cristo elevado, resucitado y el sol nunca se pondrá.
Khishka
Testigo ambulante

jueves, 22 de enero de 2009

ANTONIO

(El matrimonio)

Un joven, de nombre Antonio, decidió marcharse de casa tras cierto disgusto con su madre. Él, durante toda su vida, nunca conoció a su padre. Se fue a un país lejano confiado en su fuerza física y su edad.

Teniendo la noticia de que muchos de sus contemporáneos se habían ido también a Buenos Aires, una de las urbes más grandes de Sudamérica, optó por seguir la misma ruta de sus compañeros. Una vez llegado allí buscó trabajo, encontró y, aunque éste fuere duro, gracias a su edad, pudo sobrellevar y salir adelante. Bregó durante muchos años hasta que se compró una casa, una hacienda, un auto, etc. Aunque en varios años logró tener los bienes con las cuales siempre había soñado.

Hasta entonces no se había casado. No tenía hijo o hija alguna. Pero siempre había tenido las aventuras que más quería: paseos, mujeres, viajes de ensueño, etc. La vida le resultó muy placentera, lleno de encantos y dichas. En el barrio en que vivía, había un restaurante muy conocido, al cual solía acudir con frecuencia. En el restaurante trabajaba una mujer argentina y, como frecuentaba bastante por el lugar, poco a poco tuvieron más contacto, tanto que esos encuentros frecuentes desembocaron en confesiones de amorío, para que Antonio aceptara casarse con ella. El superaba los cincuenta años y ella tenía treinta y ocho.

En uno de sus momentos de romance, ella dijo:

- Antonio, eres una persona sola y tienes bienes. Cuando mueras ¿no te gustaría heredar lo que tienes a tu propio hijo? Yo también soy mujer sola y todavía estoy a tiempo, podríamos tener al menos un hijo y, él, tendría más bienes que nosotros porque, si juntamos lo que tenemos, tendríamos que heredar a nuestro propio hijo y no a la gente pues quien sabe como terminaremos si seguimos así. Yo te amo y tú también ¿por qué no juntamos nuestras vidas?

A partir de esa confesión expuesta por la mujer entablaron más intimidad y Antonio terminó aceptando la propuesta. Entonces apuraron la boda por lo civil y por lo religioso. La unión civil y un rito en la iglesia, una pequeña fiesta y la luna de miel fueron suficientes para consumar las exigencias matrimoniales. Pasó la noche y, al día siguiente, llegaron uno a uno los hijos e hijas de la mujer que, en secreto, lo había tenido hasta entonces. Y Antonio, sólo después de haberse casado, se dio cuenta de que las palabras de la mujer, ahora su esposa, habían sido falsas y ya no había ningún remedio.

Luego los hijos de su esposa tomaron la partida por los bienes de Antonio: vendieron su auto y se repartieron el dinero; hicieron lo mismo con su hacienda y se repartieron la plata; construyeron un pequeño cuarto para él sólo en un rincón de la casa; le redujeron a la condición de siervo de la mujer y de sus hijos e hijas, incluso los perros eran mejor atendidos que él. Así se cumplió lo que se dijo: ‘esclavo en su propia casa’.

Ahora su vida es la de un esclavo, sin derecho a nada; no le dejan ni siquiera hablar con la gente, ni con sus amigos; un paseo, ni pensarlo; trabaja todos los días como un peón para ganarse el pan en su propia casa; desearía hacer una denuncia a las autoridades civiles pero todas las puertas le han sido cerradas y resguardadas. Cualquier contacto con otras personas le fue terminantemente prohibido, bajo amenaza de muerte. Él, consigo mismo y con su vida de esclavo, condenado a la condición ínfima de un peón. Así fue su suerte y así sigue ‘hasta que la muerte os separe’ pues finalmente, él, terminó lamentando su desgracia en los quince minutos de permiso para que hablara con su sobrino que fue a visitarle. Sus palabras de despedida, dirigidas a su sobrino, fueron:

- ¡Total! (dijo entrecortadamente, con algunas lágrimas en los ojos y apoyado en el hombro de su sobrino). Querido Jorge…: Me casé, todo, porque me dijo que ella era una mujer sola y ambos podíamos hacer una vida juntos. ¡Me equivoqué! ¡Me engañó la bruja! ¡Maldita sea mi suerte! Si algún día llego al límite del suicidio, será por eso porque hay días que no logro reunir las fuerzas para seguir soportando esto. Intentaré ser fiel a mi matrimonio hasta donde aguante. Espero no enojar a Dios. Pero hay momentos en que prefiero el suicidio a aguantar este tormento. ¡Adiós sobrino! ¡Ya me están llamando!

El ser humano vive en la condición de Antonio, esclavo y prisionero de sus propias leyes, sus costumbres, sus conocimientos prestados. Una de las prisiones más feas es la institución del matrimonio. Por haberse casado uno tiene que reprimir su naturaleza porque la legalidad dice que ‘tu unión es para toda la vida, sólo la muerte los podrá separar’. Ésta es una verdadera sentencia a cadena perpetua. La represión, sea del tipo que sea, va contra la naturaleza y la dignidad humana porque no deja que la vida sea totalmente vivida.

He escuchado una anécdota. Un hombre que quería vivir más de noventa años, preguntó a un médico:

- ¿Qué tengo que hacer para llegar a los noventa años?

El médico contestó con otra interrogación:

- ¿Usted bebe?

- No –Dijo el hombre–.

Siguió el especialista:

- ¿Usted fuma?

- No. –Contestó el hombre, por segunda vez–.

Entonces el Doctor prosiguió:

- ¿Usted es mujeriego?

- Tampoco. –Afirmó el hombre–.

Finalmente, el médico, tuvo que terminar diciendo:

- No bebe, no fuma, no es mujeriego ¿para qué diablos quieres vivir noventa años?

Si la naturaleza es reprimida los años que vivas nunca serán suficientes porque no han sido vividas plenamente. Andarás de médico en médico, buscando métodos y consejos para ampliar tus años de vida, porque los cincuenta o los sesenta no han sido vividos totalmente. Tantos años la misma cara, la misma figura, las mismas reacciones, las mismas bobadas, la misma comida, los mismos rezos, las mismas payasadas, el mismo teatro de siempre, etc. ¡Estás empalagado! Tu vida se ha vuelto aburrida, rutinaria, pero como te han dicho o te han enseñado que es mejor ser masoquista aquí para que vayas al cielo, tuviste que reprimir y, la represión, siempre ha desembocado en fenómenos funestos para la humanidad. ¿Qué necesidad hay de amarrarse a la vida, a una mujer, al matrimonio, a las leyes, a tus costumbres, a ciertas instituciones de tu sociedad? ¡Ninguna!

La institución del matrimonio es una cárcel inventado por los astutos para supervivir a costa de tu esclavitud y tu desdicha. Su único objetivo es privarte del placer que causa la vida, de la libertad, de la posibilidad de amar completamente, de la responsabilidad de transformarte en un ser humano pleno, hermoso y agradecido por las bondades de la Existencia. Por eso cuando te amarras a algo, aún lo hagas con la mejor de las intenciones, sólo cosecharás sufrimiento y desencanto.

El matrimonio pudo haber sido un ‘mal necesarios’ para estructurar la sociedad inicialmente pero ahora ya no es viable, es anticuada, anacrónica y obsoleta, sobre todo porque somos más maduros en cuanto a consciencia se refiere. Es decir: ya no podemos vivir fabricando o sustentando cárceles para nosotros mismos porque es preciso dejar las estupideces para traer más alegría, más risa, más fiesta, más humor, más regocijo para la humanidad entera, en vez de perversión, sufrimiento y represión.

Las ‘caras largas’ que a menudo se generan en la gente ocurren a causa del aburrimiento, del empalago que uno, por naturaleza, siente cuando la vida no es novedosa o su novedad ha sido sepultada por la rutina.

Sucedió que una pandilla de muchachos, que se dedicaba a hacer teatro en algunos pueblos progresistas, al ver a una pareja de jóvenes bien apechugadas y apoyadas en un poste de luz, decidieron amarrarlos por unos días para observar su efectos.

La pareja se sentía complacida inicialmente y los muchachos de la banda se reían a carcajadas al verlos amarrados. Los pandilleros tenían cierto sentido de humanidad y por eso se turnaron para llevarle algo de comer. Les llevaban abrigo, comida a sus horas y, lo único indeseable, eran las sogas con las que estaban amarradas. Era todo un espectáculo.

Pero como todo lo que se come tiene que salir por algún lado se hacían sus necesidades en el mismo lugar y en la posición en la que se encontraban... Sus mismas prendas quedaron pringadas por sus eses, por el sudor, por la suciedad, por la comida, etc. Se hacía toda una mezcla de pura ‘mierda’. Perdieron las ganas de comer, se volvieron nauseabundos y asquerosos, tanto fue el hastío que no querían ya ni verse el uno al otro.

Pasado unos días, al fin, volvieron los pandilleros y desataron la soga. Ambos quedaron libres pero terminaron hastiados el uno del otro y viceversa. Se miraron con repudio, sin ni siquiera decirse ‘chau’, cada cual se fue por su lado y no volvieron a juntarse a causa de su asquerosa experiencia.

El repudio y la separación fue la conclusión de la obra preparado por los talentosos padilleros que, a menudo, se dedicaban a hacer un poco de drama donde sea que iban.

La escena muestra exactamente los efectos que provoca la institución del matrimonio. Es decir: siempre que te amarras o te amarran a algo pierdes tu libertad y, si pierdes tu libertad, pierdes tu belleza. Tu vida se convierte en no más que un revoltijo de ‘mierda’ que provoca nauseas, hastío y sufrimiento. Mira a los pajarillos, no se casan; mira a los árboles, no se casan; mira a las mariposas, no se casan; mira a las rosas, no se casan y son tan hermosas y fraganciosas; mira a los ríos, no se casan; mira a los peces del mar, no se casan…. Y tú ¿por qué lo haces? ¿Qué necesidad hay de casarse y amarrarse a una mujer o a un varón? ¿Tienes vocación de masoquista o de sádico? ¿Por qué eres tan mal agradecido con la Existencia?

La vida es espontánea porque la naturaleza no conoce instituciones y, de hecho, no hay necesidad de entidades como el matrimonio. Es bueno que esa institución fracase más y más para que la gente se dé cuenta de la estupidez que viene haciendo a lo largo de los siglos. Conforme madure el ser humano el matrimonio desaparecerá y no habrá necesidad de divorcios. Si no hay divorcio, tampoco habrá odio, ni violencia, ni celos, ni toda clase de perversiones sociales. Pero nadie es capaz de mirar a la raíz misma de los fenómenos que han generado tantas enfermedades.

Antonio, so pretexto de fidelidad a su matrimonio, se ha vuelto masoquista o, en otras palabras, un enfermo mental. De ahí que el masoquismo junto al sadismo y la prostitución son subproductos de la institución llamada ‘matrimonio’.
Khishka
Testigo ambulante

EL BAILE DE LA EXISTENCIA

(El tácito y mutuo acuerdo)

De madrugada, Khishka, acostumbraba darse una vuelta por el jardín. Y en uno de los troncos, recostados en el suelo, se sentó y comenzó a sentir una ligera sensación de éxtasis en todo el vergel. Allí, sentado y en éxtasis, fue testigo de cómo, poco a poco, empezaba a aclarar el día, los pajarillos a trinar, a saltar de rama en rama y a entonar sus primeros gorjeos matutinos. El río cantaba, los insectos chirreaban y la brisa mañanera comenzaba a sobar las copas de los árboles

De repente una pareja de gorriones revoloteaba entre las ramas de los árboles del jardín. Luego se treparon en los cables que daban justo con el poste de luz erigido al lado de su casa. Comenzaron a cantar una melodía impresionante, llenos de regocijo; sus movimientos gráciles, sus vivaces aleteos, de un lado para otro, era un perfecto alborozo.

El sol comenzó a salir, a propagar sus primeros rayos sobre los picos más altos, luego sobre los valles, en fin, sobre toda la faz de la tierra. Las flores de los árboles y de los jardines comenzaron con la suya: se habrían de par en par para recibir el calor del gran astro; el pasto comenzaba a resplandecer en el vergel; el rocío de la mañana comenzaba a desvanecerse en las hojas de las plantas y arbustos.

El picaflor comenzó a hacer lo suyo con las flores que empezaban a exponerse, espontáneamente, a los rayos del sol; iba de flor en flor, libando el néctar del capullo de las rosas.

El sol siguió saliendo más y más, y el turno era de las mariposas que también emprendieron con sus revoloteos entre las flores. Luego vinieron las abejas que empezaron a chirrear entre las hojas y las ramas, cuyo zumbido parecía una orquesta. Las bestias nocturnas del bosque inauguraban el descanso; las aves nocturnas a esconderse entre las ramas más tupidas y oscuras o en las rocas donde no estaba permitida la visita del astro rey.

Todo parecía un perfecto evento armónico; un tácito y mutuo acuerdo animaba todo el acontecimiento. No había una voz que llamaba a cada árbol diciendo ¡despierta, que acabó la noche! Tampoco había una voz de alarma que diga ¡pajarillos, comenzad a cantar, que ha amanecido! Mucho menos hubo una voz para toda la faz de la tierra que diga que ¡el día ha comenzado y la noche ha terminado! No hubo nada de eso.

Pasó esa mañana y al día siguiente ocurrió que, Khishka, estaba de paseo en la plaza y fue testigo del canturreo del club de comadres y compadres que contaban, entre risas y lamentos, lo siguiente:

Había un vecino que, vivía al lado de la casa de Khishka y, solía tener un reloj despertador junto a la cabecera. La noche antes el tipo se olvidó de programar la hora de despierto y se quedó dormido. Pasó la hora durmiendo y cuando despertó ya no había remedio, había pasado la hora de entrar al trabajo. Hizo todos los esfuerzos para darse cita a la pega, aunque fuera demasiado atrasado. No pudo disimilar el atraso y lo único que provocó fue, en el jefe de la empresa, la siguiente reprimenda:

-Si una vez más te retrasas te despediré del trabajo ya que hay mucha gente que puede hacer las cosas que tú haces en mi empresa. No eres alguien imprescindible y quizá otros hagan las cosas mejor que tú, con mayor entrega y con más responsabilidad.

Se trataba de su vecino y por eso, él, había tomado la atención del canturreo de aquel club reunido en la plaza. Luego caminando un poco más logró escuchar a dos amas de casa chismeando. Una de ellas declaraba que: la señora hacendosa del frente, la anterior mañana, había ido a despertar a su hijo. Ella tironeó las frazadas diciendo:

-¡Hijo, despierta! Es hora de levantarse. El sol ya llegó en la ventana. ¿Qué hora te vas a bañar para ir al colegio? ¿Has hecho tus tareas? Y el muchacho cambiaba de posición, se giraba al otro lado y no hizo el menor caso a las palabras de su madre.

Luego la madre muy habilidosamente llevó agua fría en un vaso y le echó por el cuello. Entonces el hijo, de un salto, estuvo de pié y refunfuñó contra su madre. Dijo:

-¡En esta casa no te dejan ni descansar! ¡Me voy! ¡Ya no soporto las exigencias. Mucho menos de mi propia madre!

Así había concluido el chismorreo de las comadres, algo conmovidas y jactadas, con las palabras del muchacho. Entre tanto Khishka siguió adelante y, al pasar por las puertas del templo, vio salir dos monjes. Uno de ellos, muy apasionadamente, contaba al otro lo siguiente:

Paco era un monje que le gustaba dormir. Pero despertar era, casi siempre, una de las cosas más difíciles que podía sucederle. Se durmió muy temprano, como de costumbre. De repente se despertó a las tres de la madrugada y miró el reloj que llevaba consigo, el cual, según logró ver, marcaba las seis. Rápidamente se puso en pié y se dirigió al templo. Abrió las puertas de par en par, también las ventanas, preparó los libros de oración y todo puso en orden. Luego fue al campanario y comenzó a tocar las campanas para llamar a la gente. Los vecinos, a causa de las campanadas, salieron de sus casas todo alborotado. Uno de los vecinos dijo al campanero:

-¡Oye desgraciado! ¡Me hiciste espantar el mejor de los sueños de mi vida! ¡Deja ya con esas campanas! ¡Se ha vuelto loco! ¡Maniático! ¡Hijo de ‘…’!

Pero el monje no escuchó nada a causa de los repiques. Y cuando se dio la vuelta hacia el claustro, todos los monjes del monasterio habían despertado y lo estaban observando hecho unos ‘bobos’, sin decir palabra alguna. Uno de ellos, el Abad, por fin, dijo:

-¡Oye Paco! ¿Qué estás haciendo a esta hora?

El monje no había esperado semejante sorpresa. Todo él sorprendido, contestó:

-Y ustedes ¿qué hacéis mirándome? Vuelvan a dormir. Todavía hay media hora.

En eso se dio la molestia de mirar el reloj que llevaba en su mano y se enteró que eran las tres y media de la madruga. Apenas se dio cuenta cayó pesadamente a causa de un infarto cardíaco y rodó por las gradas.

Estos tres últimos sucesos del que fue testigo Khishka, al margen del primero, acaecen en el noventa y nueve punto nueve por ciento de la gente porque, incluso, necesita una pastilla para dormir y un despertador para despertar. Con ello hemos archivado nuestra naturaleza y sin eso ya no funciona nada. Nuestra vida es cada vez más mecánica, tensa y, por eso, más artificial. Parecemos los únicos ‘bobos’ del planeta, salidos de órbita, descontextualizados, distraídos, que funcionan como robots y no hay lugar para ahondar en los mares profundos del ser. Las interferencias sobre nuestra naturaleza no nos dejan seguir el curso natural, no dejan que la vida sea líquida y, a consecuencia de ello, tenemos que padecer la pérdida de empleo, retrasos a clases, enfermos de sueño, estrés, tensión, paros cardíacos, etc.

El resto de la naturaleza sigue su curso normal, sin interferir. No necesitan despertadores ni alarmas. Funciona tan solo a través de un tácito y mutuo acuerdo natural. Los demás seres, a diferencia de los humanos, están ligados completamente al flujo o a la liquidez de la Existencia, a la vida, y al baile espontáneo de la naturaleza. En cambio los seres humanos, a diferencia de los demás, sólo hemos creado distancias con la naturaleza y la Existencia. Por tanto lo que nos ocurre hoy es producto de nuestro disparatado modo de traicionar a nuestra madre la Existencia, estamos lejos de casa, muy distanciados de nuestras raíces, parecemos unos huérfanos necesitados del socorro de unos despertadores, alarmas y píldoras de dormir. Debido a esa estrepitosa situación, obviamente, nos hacemos dependiente de las drogas y otros accesorios para paliar nuestra orfandad.

¿Cómo revertir esa situación? He ahí el dilema. La única salida que nos queda es volver a la naturaleza, esto es, retornar a casa, a nuestra primera inocencia; ahondar en nuestro ser, esto es, zambullirse en lo más hondo de nuestro propio mar, pues cuanto más profundo vayas habrá más calma y menos alboroto. El alboroto está en la periferia o la superficie y la calma está en el centro más profundo de tu ser. Y llegar a esa profundidad es transformarte en un verdadero Maestro.

Pueden suceder todos los alborotos posibles en la superficie, pero allí, en tu recinto sacro, calmo y silencioso, inocente y virgen, no habrá terremoto alguno que interfiera ese tácito y mutuo acuerdo con tu madre, la Existencia. ¡Allí serás uno con ella, con el Todo! ¡Todas las gracias y bendiciones florecerán en ti y tu danza será el baile de toda la Existencia!
Khishka
Testigo ambulante

KHISHKA

(Sobre el fenómeno de la posesión)

Khishka entró en la oficina del cementerio y se quejó al encargado, tras no haber podido ubicar la tumba de su esposa. Él no sabía dónde estaba enterrada porque la gente de élite, que estaba muy en su contra, los había separado. Y casualmente llegó al mismísimo cementerio después de algunos años de búsqueda. Se quejó al encargado todo lo que le había sucedido y, dirigiendo su mirada al empleado, dijo:

- Amigo, tienes que ayudarme. Sé que mi esposa está enterrada en este cementerio, pero no encuentro su tumba. Por tanto ¿podría hacerme el favor de averiguar en su registro?

El oficinista accedió al pedido. Encendió la computadora y, allí, buscó el libro de registros. Luego preguntó:

-¿Cómo se llama su esposa?

Él contestó.

- Señora de Khishka, porque así le decía la gente.

El encargado revisó ese nombre en el registro computarizado y dijo:

-No hay ninguna Señora de Khishka, pero sí que hay un tal Khishka. Lo siento, pero no está su señora, debe estar en algún otro cementerio o tal vez hubo algún error al pasar los datos. Pero voy a fijarme en el libro mismo.

-¡Espera! –dijo Khishka–. No hay ningún error. Es esa. Enséñamelo dónde está exactamente. Porque todo está a mi nombre, como es costumbre, ¡incluso la tumba de mi mujer!

Solo se pueden poseer las cosas, no los individuos. Pero el marido intenta poseer a la esposa y, la esposa, intenta poseer al marido. Y, a la larga, terminan enemistados; se convierten en algo destructivo el uno para el otro. Todos se empeñan en poseer. Uno incluso después de muerto se convierte en propiedad privada de alguien.

La posesión es una falta de respeto al individuo, a la naturaleza y a la Existencia. Es una verdadera actitud irreligiosa, es un crimen, es inhumano. Es una perversión social en nombre de la religión y del amor. El amor debería dar libertad; el amor debería dar alas; debería ser la puerta abierta a la eternidad, a la inmensidad, a la infinitud y a la divinidad. No puede ser pervertido para convertirse en una prisión, en una cárcel o un encierro. No. Pero el amor que conocemos no es más que una falta de respeto, es un pecado ‘contra natura’ legalizado y, un pecado ‘contra natura’ y legalizado, ¿cómo puede ser amor? ¡Imposible! El amor que conocemos o que nos han enseñado no es amor porque, a todos, los ha convertido en poseedores y dominadores de unos sobre otros. El amor no puede ser una lucha por el poder.

Y hacerse consciente de esta situación que atravesamos, respecto del amor, provocará una revolución tal que traerá libertad, amor auténtico y eternidad, al mundo. El amor no es posesión. Intentar poseer a un individuo, sea cual sea la forma es, simplemente, una estupidez, aun éste venga disfrazado de amor, fidelidad y cosas por el estilo.

Khishka
Testigo ambulante

KHISHKA Y EL AMOR

(Navidad, memoria y palabra mágica)

Cierta vez existía un anciano bonachón llamado Khishka, cuya característica era llevarse de lo mejor con sus nietos. El mayor de ellos tenía trece años, la que le seguía tenía diez años, y el último tenía ocho. El mayor había entrado ya en la adolescencia y los otros eran aún niños.

Un día, el adolescente, en su club de amigos, estando en el colegio, había aprendido de sus compañeros a dibujar un corazón atravesado por una flecha. Y al centro llevaba escrita una palabra: ‘amor’. Esa obra de arte, conforme los planes que tenía, había pensado obsequiar a una de sus amigas. Pero, como esa mañana no tenían razones para ir al colegio porque los profesores habían empezado ha hacer una huelga de cuarenta y ocho horas, no pudo consumar el anhelado plan.

El muchacho todo curioso y, como el abuelo estaba de buena honda, se puso ansioso de saber qué significaba ‘amor’ para el anciano. Por eso le preguntó:

- Abuelo, ¿te puedo hacer una pregunta?

- Con confianza hijo –respondió el abuelo–.

Pero Khishka no se esperaba la pregunta. Sin embargo el chico, aunque con un poco de vergüenza y titubeo, planteó la cuestión:

- ¿Qué es el ‘amor’?

Escuchando la pregunta, el abuelo, cerrando sus ojos por unos momentos, hizo silencio y, mirándole fijamente, dijo:

- Hijo mío, no es fácil definir, no sería capaz, tampoco me gustaría corromperlo dándole una definición. Merece respeto. Pero permíteme darte un ejemplo para que tú saques tus propias conclusiones.

Mientras los otros se tapaban la boca porque, al parecer, la pregunta era respetable y seria, tal como el abuelo lo manifestaba.

- ¡Espérenme un momento. Ya vuelvo! –Les dijo–.

El anciano fue a su cuarto y después de un momento volvió. Trajo consigo una tijera y una aguja. Luego entregó a su nieto mayor los dos instrumentos y, éste, algo tembloroso, recibió las herramientas en sus manos. En ese momento se le cayó la telita, donde estaba dibujado un corazón atravesado por una flecha. El abuelo, sin preguntar nada, lo tomó en sus manos y les entregó a sus hermanos menores. Y dijo al mayor:

- Esa tela es una verdadera obra de arte. ¡Te felicito por la pintura! Pero te voy a pedir que con la tijera, que te di, la cortes por la mitad.

El muchacho no podía creer lo que estaba sucediendo. Sin preguntar nada miró a los ojos agudos de su abuelo y a los de sus hermanos, tomó la tijera y, simplemente, cortó la tela en dos partes.

Y el anciano dijo:

-¡Bien hecho muchacho! Ahora haz el siguiente paso: toma la aguja y el hilo que tienes, y une lo que has cortado.

El muchacho, en silencio, obedeciendo las palabras del abuelo, unió las partes y, así, reparó su misma obra de arte. Luego se la entregó al abuelo.

El abuelo lo recibió y dijo:

- ¿Habéis observado el ejemplo? Pues bien: el amor es como la aguja que une las cosas y, la mente, es como la tijera que separa las cosas al cortarlas. ¡Abre tu corazón al amor!

Y el muchacho, tras haber sido el protagonista del ejemplo y haber escuchado las palabras finales del abuelo, se retiró de su presencia junto a sus hermanos menores.

Mi insistencia es muy clara: mírate hacia adentro si estás entero o dividido. Toma consciencia de ello porque, ella, es lo básico para amar. Observa esto:

La mente es lógica y analítica (es como la tijera) por eso divide o separa entre: cuerpo y alma, cielo e infierno, Dios y diablo, santo y pecador, bien y mal, buenos y malos, puros e impuros, sucio y limpio, día y noche, luz y tinieblas… Se caracteriza por su ‘prejuicio’, por eso juzga, premia y condena… La mente lógica y analítica ha convertido el amor en un negocio y un contrato.

Pero el amor no es un negocio porque la Existencia no sabe de negocios. Todo lo hermoso que hay en el amor es absolutamente innegociable, es un regalo de la naturaleza. Por ejemplo: las rosas florecen y te brindan su fragancia, no es un negocio; los ríos cantan, no negocian y, tú, no tienes que pagar nada por escuchar su canto; los pájaros cantan y, tú, no tienes que pagar por desfrutar de su concierto mañanero, no te exige matrícula alguna; las estrellas brillan, pero no te cobran nada. Así es el amor.

El amor tampoco es un contrato porque no es, en absoluto, relación. En el momento en que el amor se vuelve una relación, se convierte en esclavitud, porque hay expectativas, metas, objetivos, exigencias y frustraciones, y un esfuerzo de ambos lados para dominar y someter. Se convierte en una lucha por el poder... Así es como el amor se pervierte.

El amor es como la fragancia de una flor cuya aroma y belleza es sublime y divina. Es aquello que (como la aguja) sencillamente une, junta, articula, vincula, conecta, repara lo que está roto, une lo que, aparentemente, está separado. El amor te lleva a la comunión cósmica y existencial, es una profunda necesidad de unión y fusión; es aquello que te une con el Todo, es decir, con esta vasta Existencia que nos envuelve.

El amor le devuelve su original unidad e integridad al ser humano. Le devuelve su inocencia. Por tanto: abre tu corazón al amor y el amor te hará uno y entero; te hará una unidad orgánica y, con ella, recobrarás tu rostro original.

Al celebrar un nuevo aniversario del nacimiento de Jesús no podemos olvidar lo que trajo: el amor, un amor que une, que te recuerda que eres Uno con el Todo. Ya no eres huérfano, ya no eres separado, ya no eres una isla. Todo lo que hay aquí es parte de ti. En tu cuerpo están las aguas de los océanos, la belleza de las flores, el fuego de los soles y las estrellas, la melodía de los pajarillos, el canto de los ríos, de los árboles, de los vientos, el paseo de las nubes. Todo es regocijo, todo es fiesta, todo es motivo de alegría porque en la raíz de todo está el amor. El amor es el motor que hace funcionar esa Totalidad

Esa alegría cósmica no puede expresarse sino bajo la forma de expresiones simbólicas: en tarjetas de felicitación con toda su carga simbólica; en exclamaciones como ¡Feliz Navidad!; se convierte en regalos y juegos para los niños; se convierte en abrazos y besos que embellecen nuestra vida cotidiana; en programas de telemaratón para discapacitados; en canastotes para las familias que necesitan; en panetones de navidad; en arbolitos de navidad; en pesebres; en encuentro de familiares; llamadas por celular; dedicatorias amorosas, chats por Internet… En fin son innumerables las maneras de expresar esa alegría que provoca el amor.

Navidad en la lluvia, en la arena, en el corazón, en el mar, en los montes, en los árboles, en los animales, Navidad en todo… Navidad, una palabra mágica que define nuestra alegría y nuestra fiesta; navidad, todo el cosmos se alegra. ¡Feliz Navidad! Y el 2009 sea el año más dichoso para ti.
Khishka
Testigo ambulante